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THALASSA, un autorretrato de Jorge Acha

Producido por la Asociación Civil Jorge Luis Acha, el filme es un autorretrato en la medida en que es el propio Acha quien se narra a sí mismo, sin intervenciones de terceros que lo evoquen, a través de una entrevista donde sus narraciones, reflexiones y revelaciones son la brújula que guía el relato, ilustrado por sus pinturas, fragmentos de sus filmes y retazos de su prosa.

La larga entrevista que sostiene la narración, en la que Acha también habla de su vida, a través de secuencias que registran los paisajes de su infancia y de sus viajes por los mares del mundo, fue realizada en 1988 en VHS por los críticos Rodrigo Tarruella y Carlos García (codirector del filme) y recientemente recuperada en formato digital.

“Cuando García me mostró ese material enseguida me di cuenta de que ahí había un filme. Es una entrevista extraordinaria por la complicidad que logran con Acha, quien está especialmente lúcido y ocurrente. Me pareció que combinando ese material con su propia obra el espectador iba a poder acceder a un retrato cabal de este artista que pasó casi anónimamente por la vida”, afirmó Bernstein, otro de los directores.

El cine, Acha y yoCeleiro
Por José Luis Celeiro Rodriguez

Me habían encargado hacer un afiche para la adaptación teatral del libro “Balada en la cárcel de Readding” de Oscar Wilde…
Al final de la obra, a la salida, en el hall del Centro Dramático de Buenos Aires conocí a Jorge… Me dijo que le gustó el afiche y me invitó a una reunión en su departamento. Para ese entonces yo ya había terminado la carrera de cine en Bellas Artes, en la Facultad de Cinematografía de La Plata.
Le dije a Acha: “nunca me hubiera imaginado que se pueda vivir de la pintura acá”. “Yo tampoco” –me respondió–. “Yo pretendo hacer filmes de manera totalmente independiente… diseñé una procesadora de 16mm. que puedo utilizar en mi baño o mi dormitorio” le comenté. Jorge abrió grandes sus ojos. “Tenemos que hablar urgente…”, dijo.
Nos encontramos en un bar de la Avenida de Mayo, y Acha me zampa así, de una: “La película que vamos hacer se llama Habeas Corpus!” “¿Cómo es eso?” –murmuro conspirativo– “¿Alguna idea de dónde la filmamos o cómo la producimos?” “Nosotros la producimos y vos tenés el lugar donde filmarla” replica él. “¿Hay cámara?” pregunté, sin ofender, claro… “Una Bolex Paillard ¿con obturador variable?… en cuanto a cámara tenemos todo lo que necesitamos.”
Yo trabajaba en un estudio de la calle Reconquista. Habeas Corpus se filmó durante los 4 días de la Semana Santa de 1983. El asunto de la película es sobre el cautiverio de un desaparecido durante la última dictadura. Acha realizó la escenografía adaptándola a las dimensiones del estudio (3,80x 8mts.) Yo utilicé toda la iluminación de que disponía, 10.000 vatios.
Trabajábamos desde las 8 a las 01:00hs. La terminamos en el final del verano de 1984. Los efectos “especiales” se realizaron en cámara sobre el negativo original, el montaje lo hizo Acha en su casa en una moviola de plástico, y veíamos los resultados parciales en un proyector Bell&Howell, que había que apagar cada 9’ porque se recalentaba y corríamos el riesgo de quemar el copión.
La escena final de Jorge Diez en la cárcel con el mar yendo y viniendo a la altura de sus rodillas se filmó la primera parte en la Semana Santa de 1983 y la segunda (el mar) en Reta, una playa situada a 640Kms. de la Capital durante el verano de 1984.
La película se estrenó en el Festival de Cine de Bariloche de 1986 y obtuvo el primer premio a la mejor ópera prima.
Ya estábamos embarcados en la producción de Standard, cuando logramos entusiasmar y seducir a Libertad Leblanc (la gran diva nacional de los años 60 al 70). Todas las películas se realizaron en cooperativa, o sea todos cobraban en el caso de obtener ganancias.
El tema del film es la construcción y destrucción de la patria por un grupo de obreros y una arquitecta.
Se filmó en el Spinetto que estaba siendo remodelado, para convertirlo en shopping.
La película se estrenó en 1989. Y tuvo un recorrido por distintos festivales de cine independiente del mundo, fue invitada a participar de la muestra de la Cinemateca Uruguaya.
En 1994 concluimos Mburucuyá (Cuadros de la Naturaleza), la historia del film relata el viaje por el delta del Orinoco de Alexander von Humboldt y el botánico Aimeé Bonpland y su relación con los originarios de esa zona.
Toda la película fue filmada en el estudio Latitud de la Fotografía y la reserva ecológica de la costanera sur, en el jardín Botánico y el Zoológico de la ciudad de Buenos Aires.
Los efectos especiales fueron realizados en cámara, sobre el negativo original, logrando ensamblar las imágenes de estudio con las de la “jungla y sus habitantes: animales pájaros e insectos y las aguas de la reserva ecológica”.
Mburucuya permació inédita por motivo del fallecimiento de Jorge Acha, el 12 de octubre de 1996, en una playa de Miramar, fulminado por un infarto de miocardio.
Estábamos en la preproducción de “San Michelín”, cuando la reputa de la muerte le hizo una propuesta que no pudo rechazar.

José Luis Celeiro Rodriguez.
San Telmo
12:09hs.
Viernes 24 de abril de 2015.

Hayrabet

No importa el color del cielo
Por Hayrabet Alacahan

Árboles, arenas, playas y cielos, la conexión con la natura, constante en sus pinturas; personajes a la deriva, a los avatares de su destino, argumentos casi antropológicos en la música envolvente de sus films…

Lo que caracterizaba a Jorge fue ser un hombre simple, un vecino más entre la muchedumbre de San Telmo. Como artista, como creador y como ser humano, siempre se movió entre las penumbras y resplandores de cualquier mortal. Jorge Acha hizo lo que hizo hasta donde y como pudo.

Su obra pictórica y fílmica abordó atajos alternativos. Tanto sus pinceladas como los movimientos de su cámara, pintaban y capturaban imágenes desde un íntimo pensar emocional. Dio cauce a su imaginación mediante una ágil serenidad, acertando a plasmar soledades, silencios o miradas perdidas en aquellos horizontes tan propios, tan singulares, que sólo él alcanzaba a ver. Sus composiciones -pictóricas o cinematográficas- buscaron la aproximación entre lo real y la ficción, en ese afanoso esfuerzo que procuraron transmitir la mayoría de las obras cumbres de los grandes artistas, buscando ese inexplicable y piadoso equilibrio entre materia y misterio.

Lo conocí después de conocer sus películas y desconociendo que también era pintor y docente. Más tarde descubrí que además era un narrador sobrenatural… Una simple anécdota comentada por él no tenía nada que envidiar al argumento de la mejor comedia.

No por casualidad ni por causalidad nos hicimos amigos. Tuvo mucho que ver Víctor Benítez, ese incansable difusor del cine argentino en el mundo tan lamentablemente ignorado en el ámbito cinematográfico local.
Su amistad me brindó sorpresas inimaginables. Evoco algunas.

Jorge me propuso traer sus alumnos a mi casa para que les proyecte películas a las que no podían acceder en el circuito convencional. Como docente, se preocupaba mucho por la formación de sus alumnos. Aún hoy me emociona recordar esas “funciones” en mi pequeño departamento, la timidez adolescente de esos chicos, su deslumbramiento ante el misterio develado, sus comentarios, sus interrogantes, y ese instante final en el que compartíamos todos una cena precaria. Así comenzó a construirse una de las experiencias más emotivas e interesantes de mi vida. Duró un par de meses pero nos dejó una amistad que perduró para siempre… hasta su partida inesperada.

Un día apareció con los dos tomos de la “Historia del Cine Argentino” (editada en 1960 y reeditada en 1998), de Domingo Di Núbila; libro de un valor incalculable para la historia del cine nacional. Jorge los había recibido de regalo de la hermana del multifacético Samuel Eichelbaum (1894-1967), dramaturgo, escritor, periodista, guionista y el crítico más destacado de su época. Ambos tomos están dedicados por Di Núbila a su maestro Eichelbaum. Aun hoy me es imposible expresar mi asombro ante esa actitud de Jorge, esa generosidad para confiarme y traspasarme semejante regalo.

Otro acto de generosidad inolvidable ocurrió cuando me regaló las copias de Habeas corpus y de Standard, las dos en 16 mm, películas que ocupan un lugar de incalculable valor en mi archivo fílmico. No exagero si digo que muy pocos comprenderán la sensación de ese privilegio. Porque es imposible imaginar que un director regale la copia única de su creación. Es un caso de excepción, un caso tan ilógico como único. No sólo por el inimaginable estado de gratitud que genera sino por la responsabilidad que implica como archivista y divulgador de su cine para las generaciones venideras.

La partida de Jorge, como la de tantas personas que jamás llegué a conocer, pero que dejaron huellas en mí a través de películas, obras musicales pinturas, poesías o simplemente de sus gestos, se inscribe en una sucesión de ausencias de seres a quienes considero mis “amigos de alma”. No sé cómo expresar la sensación. Sé que, poco a poco, he empezado a restarle importancia al color del cielo.

JORGE ACHA: EL CINE DE LA COMPLICIDAD
por Marcel Pla

Ceux qui m’aiment prendront le train, decía el personaje de una película de Patrice Chéreau. Una línea de diálogo que perfectamente podría haber pronunciado Jorge Acha, sólo que sustituyendo el tren por la cámara.

Jorge, el astuto cinéfilo camuflado de explorador, que sabía como captar y retener la atención con el relato de sus aventuras, en la Amazonia, entre aborígenes de dientes afilados, y monitos fritos y dispuestos sobre hojas de bananos para el banquete. Le divertía imitar la expresión aterrada del tití, lo hacía con la alegría de un chico. En sus relatos se mezclaban el exotismo de las aventuras de Indiana Jones y la atracción por lo remoto de Flaherty.
Las películas como la vida, y la fraternidad entre hombres, el viaje de Alexander von Humboldt y botánico Bonpland… ¿aunque quién sabe si no eran Bouvard y Pécuchet en una aventura sudamericana? Como en una matiné de barrio, toda la acción de la clase B. Del delirante proyecto de la Tumba India, a la pirámide de Howard Hawks, para desembocar en El Altar de la Patria. El sueño demente de un pueblo. Y como mar de fondo, la historia argentina en figuritas recortadas del Billiken. Acaso la patria sea esa matrona de caritativos pechos blancos, que cruza el cuadro con unos planos bajo el brazo.
Para contarlo todo, Jorge necesitó de la complicidad de los amigos. “Pinto para poder filmar” decía. Sin créditos, con lo que había se las amañaba para narrar aquello que quería y como lo quería. Rigor de artista en la fijeza del plano de un cuerpo cautivo, y el tiempo transcurrido entre gota y gota, que semeja la eternidad.
¿Qué veían los amigos en la persona de Acha? Posiblemente un prestidigitador, o al aprendiz de brujo que de niño observaba el mar.
Y en ese otro mar, el celuloide, las figuritas recortadas se cargan con el dramatismo de la épica. Una vieja cámara recuperada, la moviola, las luces, y sobre la tela, el Amazonas, la Isla Juan Fernández, los rápidos del sur, los célebres anteojos de Nanook y una mirada clara, que nunca fue naif.

Portada

Portada

Fragmento de “Recuerdos de Miramar, Aproximación a la Vida y Obra de Don Segundo Martín Acha” (Editorial Martín, con apoyo de la SADE, Mar del Plata, 1988).

Capítulo 4
EL HIJO ÚNICO

“Mi papá me enseñó a dibujar, a pintar, y yo había aprendido de mi mamá a mezclar” (Jorge Luis Acha).

El 10 de Noviembre de 1946 nace Jorge Luis. Viven en el 1043 de la calle 32. Ana no podrá concebir más hijos sin comprometer su vida, pero su embarazo, aunque delicado, llega a buen fin gracias a la pericia de la muy querida “partera del pueblo” Marina Papurello. Un bebé saludable y tranquilo es depositado en el regazo de Ana ese 10 de Noviembre. “Al nacer, no sé por qué, deseé ardientemente que mi hijo fuera pintor”, confiesa emocionado Segundo.

Perón está en el gobierno gracias al voto de muchos socialistas, radicales, fascistas, conservadores, una gran parte del pueblo y con el apoyo del gobierno militar y de la Iglesia en general (aun así solo obtendrá un 10% más de votos que la opositora Unión Demócrata). La coyuntura económica es buena. Bernardo Houssay gana el Premio Nobel de Medicina -compartido- por su trabajo “Tratado de Fisiología Humana”. Olga Zubarry protagoniza escenas de increíble audacia en “El Ángel Desnudo” mientras Jorge Luis Borges, bibliotecario, es degradado a “inspector de pollos, gallinas y conejos” en las ferias municipales. En el viejo mundo se llevan a cabo los Juicios de Nuremberg.

1946-1956

Mientras se afincan miles de inmigrantes, Perón nacionaliza los ferrocarriles; el cine es la diversión preferida; brilla la nueva espada de Damocles de la Humanidad: la bomba “H”; el antiperonismo bombardea la Plaza de Mayo; meses después cae Perón y surge la “Revolución Libertadora”. Eva Perón entra “en la eternidad” cuatro años antes de la epidemia de poliomielitis que ataca a la población.

En 1955 se demuele la Rambla de Miramar. El hijo de Segundo, que años después será considerado parte de la vanguardia de la pintura nacional, pasa su infancia muy cerca de las arboledas, de los médanos y del mar. Este temprano convivir con lo natural determinará sus gustos y su personalidad: “Quiero que mis cuadros huelan a pinos o a tierra mojada por la lluvia”, escribirá más adelante. Y también: “De chico iba siempre a ver el mar y no entendía por qué estaba ahí, por qué me atraía. Una forma de atrapar todo eso, por lo menos para tenerlo enjaulado en mí mismo, era pintarlo. Y creo que pintar se convierte en una forma de poseer. Ahora sigo pintando la naturaleza, que es una forma de demostrar que todavía no entiendo nada”.

Zully Moreno y Laura Hidalgo deslumbran. Grace Kelly se casa con un príncipe, Marilyn Monroe con un escritor. En Miramar, un señorito de la alta sociedad, Ernesto Guevara Lynch, pasa unos días junto a su amor juvenil, Chichina Ferreyra, los padres de ésta y Carmen de la Serna, tía de Ernesto.

1957-1966

A los 11 años, Jorge Luis estudia acordeón a piano. A fines de 1957, el Conservatorio Musical Castán ofrece un Concierto de Alumnos en el Club Defensores. En el programa, Jorge es anunciado como intérprete del chamamé “Merceditas” y de la canción “Giovanni con la guitarra”. La inclinación por la música no prosperará, pero la gran puerta del Arte se ha abierto para el pequeño observador de mares y árboles, y en 1962 en 1963, poquito antes del asesinato de John F. Kennedy y coincidiendo con el enfrentamiento entre grupos militares argentinos, la Comisión de Promoción de Turismo de Miramar auspicia una exposición de sus acuarelas. Jorge Luis Acha tiene tan sólo 17 años, y vende todas las obras expuestas, más otras ocho no exhibidas. En 1964, 1965 y 1966 vuelve a exponer en el Concejo Deliberante de General Al varado.

El tranvía ya no corre por las calles de Buenos Aires, pero lo cultural ha cobrado una pujanza casi irrefrenable: se inaugura el Teatro Municipal San Martín y una sola editorial argentina publica casi dos millones de libros en 1966. Pero son años de huelgas, atentados, inflación, planteos militares. Junto al rock and roll y la revista “Tía Vicenta” aparece un “Comandante Uturunco” que inicia una guerra de guerrillas en Tucumán. Fallido intento de regreso de Perón y la “noche de los bastones largos” con que Onganía preludia la fuga de cerebros.

Aportes de estos años: la conquista del espacio, la aparición de Alvaro Alsogaray y de Fidel Castro, la “cinenovela” y la fotonovela, y el dólar constituidoen termómetro, juez y verdugo.

La adolescencia de Jorge Luis llega a su fin. La del país, también.

1967-1976

La guerrilla es un hecho en la Argentina y el Mayo francés provoca cambios. Domingo Liotta inventa el primer corazón artificial y su colega, Luis Federico Leloir, trae otro Nobel al país. La realidad se encrespa: asesinatos de policías, políticos, militares, gremialistas y guerrilleros. Y otra vez Perón, la inflación y los militares, que esta vuelta inician un “Proceso de Reorganización Nacional”.

Jorge Luis expone en la Galería Riviera de Miramar (1968) y estudia arte en un instituto privado de Buenos Aires: la Academia Beato Angélico (su Boletín de Calificaciones de 4o B, 1970, indica que sus notas más altas las logra en Escultura y en Dibujo… y que su propia firma aparece en el lugar reservado para la del “Padre, tutor o encargado”. Más tarde egresará de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. “El 70% de mis estudios fue negativo”, llegará a decir. En 1974. ya cuenta con los títulos de Bachiller, obtenido en el Instituto General Alvarado de Miramar, y de Maestro Nacional de Arte Visuales y Profesor de Pintura.

Según Eduardo Eiriz Maglione, el primer libro impreso en Miramar es diagramado y dirigido por Segundo Acha e ilustrado por Jorge Luis. Se trata de una carpeta con poemas ilustrados cuyos textos pertenecen a Raúl García Luna y se titula “Amar el Mar”. A la vez, un amor secreto va ganando terreno en el tiempo del artista: el cine. Jorge filma un cortometraje –“Impasse” – que en 1970 obtiene una menciónespecial en el Tercer Festival Nacional del Cortometraje de Olavarría. No por ello deja de exponer en:

Semana Promocional Miramar en Bariloche (1971).

Galería Defensores de Miramar y Departamento de Cultura de la misma ciudad, recibiendo una mención en el XIV Salón de Primavera de Necochea y el 4o premio en el DI Salón Alba, Buenos Aires; y en Chile (1972).

Galería Cultural de la Municipalidad de General Alvarado y 2ª Exposición de Artistas Visuales del Interior del País, Buenos Aires (1973).

Salta, Dirección General de Cultura (Serie “Los vegetales”); Museo Municipal de Bellas Artes de Tandil, Dirección de Cultura (“Temas y apuntes de Galápagos”); Quito, Sala de los Artistas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y su Museo de Arte Hispanoamericano (1974).

2o Salón de Pintura, Palacio Municipal de Miramar, Mención del Jurado; Galería de Arte Latinoamericana, Buenos Aires (“Paisajes”); XIX Salón de Otoño de San Fernando, Mención; Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata; Museo Nacional de Bellas Artes, seleccionado para el Premio Marcelo de Ridder (1975).

Galería Van Dyck de Rosario; Galería Forum de Miraflores, Perú; Salón Municipal de Artes Plásticas de Mar del Plata, Mención en el XII Concurso Municipal de Estímulo a la Producción Artística y Literaria; XXI Concurso Anual de Estímulo para Jóvenes Artistas Plásticos de la Sociedad Hebraica Argentina, Mención (1976).

Su obra se enriquece con la coautoría, junto a Raúl García Luna, de la obra teatral “Samka Cancha”, representada en 1976 por la Comedia Marplatensedurante el 2o Festival Internacional de Teatro de San Pablo, Brasil.

A los 30 años, Jorge Luis Acha ya es un artista reconocido. De él se dirá que es uno de los “pocos plásticos nacionales de expresión fervorosamente libre”.

1977-1986

El país sobrevivirá a la “reorganización” militar. Se contarán los muertos, quedará la sombra roja de la sangre. Pasará la Guerra de Malvinas y se le dará el tiro de gracia a la escuela laica y pública. Comenzará a desaparecer la clase media, inmolada en el altar de la hija natural del “liberalismo” y la informática: la globalización. El sida envenena el amor y las discotecas empiez a abrir a medianoche: los hábitos de la juventud cambian, la droga se extiende. Alfonsín se encuentra con una deuda externa que en 7 años había aumentado 4 veces: 36.000 millones de dólares. Fuera de las fronteras, un mal actor asume la presidencia de Estados Unidos y la política se frivoliza. Un argentino residente en el exterior conquista otro Premio Nobel: César Milstein. La industria cinematográfica agoniza, estrangulada por la TV y los video-clubes, pero la película argentina “La Historia Oficial” es premiada con un Oscar. Muere Borges. Se juzga y se amnistía a algunos militares.

Mientras tanto, Jorge Luis expone en Ecuador y en Perú, y en la porteña Galería Praxis (“Arboles de Lavallol”), sobre la cual el diario “La Nación” dice el 10 de diciembre de 1977: “En sus obras no hay nada ‘duplicado’ o ‘reproducido’, sino visto con un lúcido ojo creador”. dirige su segundo cortometraje: “Producciones Arena”; y dirige su segundo cortometraje: “Producciones Arena”;

Participa del XX Salón de Tucumán (1978).

Expone en “Lorenzutti” en Buenos Aires, y “Paisajes” en el LXVIH Salón Nacional de Artes Plásticas, y en el Gran Hotel Provincial de Mar del Plata (1979).

En la Municipalidad de Miramar da a conocer una colección de apuntes y trabajos sobre Ecuador y Guatemala (“Block de Viaje”, 1980).

América es recorrida con avidez por el artista: en Panamá, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, México, Honduras, Belice, se nutre con otras luces y otros aromas.

Y sigue exponiendo:

XXII Salón de Tucumán (1981).

Casa del Turista, Tucumán (“Paisajes Silvestres”, 1982).

Galería Christel K., Buenos Aires (fotomontajes); Galería Atica (“Sur”); Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires, Museo de Arte Moderno (“Objeto del objeto”,1983).

Muestra de grabados junto a Domingo Bucci, Mabel Matto, Lucrecia Orloff y el italiano Luca Crippa, y exposición en Galería Alberto Elía (“Mares y Marineros”), Buenos Aires (1985).

“Homenaje a los órganos sagrados del cuerpo humano”, Galería Crearte, Buenos Aires (1984).

Museo de Arte Decorativo, Buenos Aires (escultura “El árbol de la vida”).

Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori (muestra colectiva “Yo Amo”) y “Grecia” en Galería Atica (1986), de la que un periodista dijo: “Los dibujos y las pinturas de Jorge Luis Acha nos señalan la belleza de la Tierra -no sólo de la griega-, del escenario perfecto que sistemáticamente olvidamos y denigramos”.

1987-1996

(Cuando el pintor de mares y árboles quedó incorporado definitivamente al paisaje de sus propios cuadros.)
“He superado los ‘ismos’: pinto lo que siento, que es una manera de ser auténtico” (Jorge Luis Acha).

Son los años de la segunda visita del papa Juan Pablo II, de la rebelión de los “carapintadas”, del copamiento del Regimiento de La Tablada. Devaluación de la moneda, hiperinflación, corrupción, desempleo. Desaparece el Estado benefactor: el país cambia con Menem. Se pierden derechos laborales históricos y reina el capitalismo salvaje. Se reforma la Constitución y los judíos son atacados con munición gruesa: vuelan la Embajada de Israel y la AMIA. Menem es reelecto. Violencia económica.

Jorge Luis continúa profundizando su destino:

El Ministerio de relaciones Exteriores auspicia su “The Andes”, Exhibición Itinerante de la Pintura Argentina Contemporánea (1986/1987).

Entre 1986 y 1989 rueda “Standard”, film en el que participan Libertad Leblanc, Juan Palomino y Jorge Diez, no estrenada comercialmente.

Expone junto a Susana Rodríguez en el Museo de Arte Moderno de San Pablo, Brasil (1988) y ese mismo año comparte el Premio al Mejor Director en el 3er. Festival de Cine Argentino de Operas Primas de Bariloche, por su film “Habeas Corpus”. Esta película, según Adolfo C. Martínez (La Nación, 9/7/88) invita “a la discrepancia y a la solidaridad”. Jorge Luis lo consideró “un film de sensaciones”.

Mayo de 1989: expone en la Galería Suipacha de Buenos Aires y León Benarós lo califica “fino artista que trasciende sus puros valores plásticos por el entrañable sentido poético que sabe infundir a sus paisajes” (Clarín, 6/5/89). Las alabanzas no cesan: “Si sus paisajes de un período anterior merecieron unánimes críticas favorables, los que en este momento Acha presenta también conquistará elogios. Se trata de captaciones sublimadas casi hasta la depuración total, que en algunos casos emparientan sus telas con acuarelas japonesas del siglo XVIII” (Albino Diéguez Videla, La Prensa, 30/4/89).

En 1991 la Fundación Pollock de Nueva York le otorga un primer premio.

Inspira a músicos: el compositor Guillermo Silveira se basa en su obra para su recital “Procesión” (1992). Ese mismo año expone en la Galería del Instituto Cultural Brasileño-Argentino de Río de Janeiro y en el Museo Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino de Mar del Plata.

En 1993 ilustra el pequeño libro de Raúl García Luna “Del decir de don Pedro de Alvarado en su agonía de Indias” y en 1994 su obra fílmica es proyectada en el porteño Teatro Municipal General San Martín como “Cine argentino inédito”.

Un año antes de su muerte realiza una obra para la Legión de la Buena Voluntad, a Beneficio de las Obras de Promoción Humana y Social; redacta “Kid Kerosene” y gana la Primera Mención en el concurso del diario La Nación. La muerte lo sorprenderá intentando ponerle fin a su película “Mburucuyá”, sobre la vida de Humboldt y Bonpland en América.

El viejo alumno de Ricardo Alventosa nunca podrá estrenar comercialmente ninguna de sus realizaciones para la pantalla grande.

“Y el mar quedó allí, solo, sin castigo…” (de un poema escrito por Jorge Luis Acha en su niñez).

La sobremesa en casa de sus padres es tranquila. Jorge Luis acaba de llegar de Buenos Aires. Va a pasar unos días en su Miramar, a renovar el recuerdo de sus árboles y de sus playas… El amigo Gonzalo Tato accede a su pedido de ir a ver el mar en su camioneta Peugeot, hasta la costa. Es la tarde del 11 de octubre de 1996. Hace frío, llovizna. Ya en los médanos, donde el vivero besa el mar, el auto se niega a continuar… y el corazón de Jorge, también. El amigo solo atina a dejarlo y correr a pedirle ayuda a don Segundo… Cuando padre e hijo vuelven a encontrarse, Jorge ya formará parte de los médanos que tanto lo inspiraron, para siempre.

“Lo maravilloso que tiene la vida es que tiene un principio y un fin. La muerte es algo bienvenido, porque hace que todo tenga un sentido.” Tales las premonitorias palabras de Jorge Luis en La Prensa (8/8/88).

Segundo continúa pintando médanos y paisajes costeros; él sabe que, aunque no se lo vea, su hijo está allí: integrado al paisaje, confundido con el viento y el mar.

Capítulo 5
EL BUEN CIUDADANO
(fragmento)

Don Segundo Martín Acha tiene 82 años al momento de terminar de escribirse este pequeño libro. Ha tenido una buena vida, durante mucho tiempo, y sigue siendo lo que aparenta ser: ni más ni menos que un buen hombre de maneras sencillas y amables.

A él le debe el Partido de General Alvarado el impulso de una buena parte de su vida cultural, comercial y deportiva, ya que fue socio fundador de la primera Biblioteca Pública, la Cooperativa de Consumo Ciudad y Campo, el Auto-Moto Club, el Club de Ciclismo, el Club de Pescadores Albatros y el Aeroclub de Miramar.

Publicó y dirigió “Aire Libre”, primera revista deportiva de Miramar (1945-1949). Diagramó el primer libro impreso en Miramar (“Amar el mar”) y fue el primer cronista regional con “Cien años de anecdotario histórico de Miramar, 1888-1988” (1997).

En vida, don Segundo fue honrado por el Rotary Club (Diploma de Amigo de Miramar, 1990-1991, “por su accionar constante en favor de nuestra comunidad”) y fue socio honorario de estos clubes: Defensores (en 1989, en ocasión de festejarse la Tradición Frente al Mar, se le entregó una medalla con la leyenda “Baluarte de Nuestra Tradición”); Atlético Miramar; Albatros (en 1964, recibe una plaqueta de Campeón por haber pescado la raya más grande -pesaba 76 kg- dejando en el Club la copa “para que se la den a quien pesque una raya más grande”. La copa sigue ahí).

En 1988 integró la Comisión del Centenario de Miramar y recibió una medalla del Municipio y un diploma en el Día del Periodista.

“Tuve un hijo, escribí un libro y planté muchos árboles, soy feliz.” Gracias, Sr. Acha (Fernández Santana, Miramar, octubre de 1998).

Sobre el autor

José Manuel Fernández Santana nació en Las Palmas de Gran Canaria, España, el mismo día en que se firmó la Carta de las Naciones Unidas. Ha sido librero y docente en los tres niveles de la enseñanza. Ha incursionado en teatro y televisión. Ha dictado charlas y organizado exposiciones de libros. Es autor de cuentos, poemas, ensayos y colaboraciones periodísticas. Ha publicado un par de libros, el último de ellos un texto de enseñanza del idioma español. Fue el primer representante del Partido de General Alvarado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Es cofundador de la Biblioteca Popular “Malvinas Argentinas”, coordinador de la Sala de Arte del Mercobank, asesor de la revista La Puerta y miembro de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores).

Homenaje en el Honorable Consejo Deliberante de Miramar, 10/noviembre/2012

Cronograma

1. Apertura del acto: se proyecta un video, compilación de imágenes de pinturas, films, etc. de J. Acha.

Luego…La presentadora,

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2. La presentadora comienza:…“Estamos aquí reunidos, precisamente el Día de la Tradición, para honrar la memoria del pintor y director de cine miramarense Jorge Luis Acha (1946-1996), que hoy cumpliría 66 años. Un hijo dilecto de Miramar que paseó por numerosas galerías de arte y pantallas de este y otros países, su reconocido talento y sabiduría … Su películas fueron: “Impasse” (con Leonor Manso), “Hábeas Corpus” (con Jorge Diez), “Standard” (con Libertad Leblanc) y la aún no estrenada “Mburucuyá”, que nos legó tras su temprano adiós.”
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3. Este acto de homenaje cierra con la proyección de un fragmento del film “Cinéfilos a la intemperie”, donde Jorge Acha se explaya sobre sus orígenes en Miramar y sobre parte de su vida y obra. Este fragmento lleva el nombre “Jorge Acha a la Intemperie”.
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4. Entretanto, los oradores son (en este orden):
A)Fernando Bisciotti
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Fernando Bisciotti

Con “Cangrejos” tuve una sensación agradablemente extraña: es la primera vez que leo una novela de la que conozco o he conocido a muchos de sus personajes, situados en un lugar que también conozco mucho y donde he visto y escuchado muchas de las situaciones a las que se hace referencia en el libro. Creo que en esta novela, como en la anterior, “El asesino piadoso”, hay un gran manejo del absurdo. En “Cangrejos” uno se divierte, se deja llevar, pero no puede descuidarse un solo segundo. Aparece, fusionado con el humor, un sentido critico que se revela como una verdad irrefutable. Sus personajes parecen divertirse, pero sufren. Son devorados por la hipocresía existente en La Chacra Asfaltada. Me gustó mucho el libro, pero el capítulo 10 me encantó: los ovnis, la NASA, la iglesia sin cúpula: “Zum, nos quedamos sin campanario, sin cruz, ¡sin Dios!”. Muy bueno. “Lo pequeño engendra mezquindad”. Buenísimo. Al final, sentí un poco de nostalgia, algo de tristeza por los que se van, y por lo despiadados que somos entre nosotros. Sin ninguna duda, “Cangrejos” es una novela sobre la identidad.
Fernando Bisciotti,
presidente del Concejo Deliberante de Miramar
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Mario Gallina

B) Mario Gallina, historiador del teatro y el cine argentinos (a quien el gran especialista Jorge Dubatti considera “uno de los estudiosos más eruditos de la escena nacional”), creador de nuestro Anfiteatro Lolita Torres y el Teatro Municipal, y reconocido autor de los libros “De Gardel a Norma Aleandro”, “Osvaldo Miranda el comediante” y “Querida Lolita”, entre otros.

C) Raúl García Luna, escritor miramarense, autor de la novela “Bajamar”

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Raúl García Luna

(que fue serie de televisión y ganó un Premio Martín Fierro), quien hoy nos presenta “Cangrejos, verano del 76”. Dos de sus relatos en los que el escenario es Miramar (otros: “Amar el mar”, “Porca miseria”, “Del decir de don Pedro”, “El filo de la noche”, “Las espinas del deseo”, “Ceferino”, “El dramaturgo americano”, “El asesino piadoso” y 20 más).”Después de todo lo antedicho, poco me queda por decir de Jorge, mí y de mi novela “Cangrejos”. Dejaré, por lo tanto, que otros nos hagan el “autobombo”, regresando yo a mi primera condición: la del lector, que siempre está antes que la del escritor. Leeré, en unos momentos, textos de otros. Confieso que no curto el vicio burgués de la falsa modestia y, sin fanfarronear, les aseguro que pasé 40 años trabajando para llegar a esto, y que me siento tan orgulloso como cualquier carpintero o albañil o pastelero o cirujano que sabe que, con el tiempo, aprendió a usar mejor sus herramientas, a ser más hábil en su oficio, a optimizar su tarea. Tantas veces lo discutimos con Jorge… Sabíamos que lo que hacíamos tenía su talento, pero también que el camino era difícil. Y demostrarlo, aún más difícil. Para los creadores de provincia, Buenos Aires no es una casualidad, sino una fatalidad: es allí donde el arte se vuelve “universal” o nada, apenas el humito de un barco invisible allá, en el horizonte… Y Miramar, siempre en nosotros.Eso unía y alentaba. Daban ganas de ser “universal” pintando la propia aldea, de pelearle el pan de cada día a la adversidad, a la colonización cultural, a las dictaduras represoras y entreguistas, a la deshumanizada frivolidad de los mandamás de turno. Eran viejos malos tiempos que había que rejuvenecer y volver benignos, dichosos, dignos de ser vividos. Y lo hicimos. Por más o por menos, lo hicimos. Empezando por la tarea principal: cambiar, hacer, crecer nosotros mismos.Sobre mi “Cangrejos”, como ya dije, sólo agregaré lo dicho por otros: medios porteños y sabihondos de la literatura, sin dejar de incluir algún saludito de algunos colegas y amigos que están lejos, pero siempre cerca de nosotros.”Y sigo leyendo…

AGRADECIMENTOS
1. Dedico, aquí y ahora, esta edición corregida y aumentada de “Cangrejos” a ELENA LUCHINI (que supo esperar esta segunda vuelta), a JORGE DIEZ (actor-emblema de los filmes de Jorge Acha), a ALBERTO PENSOTTI (único de los protagonistas vivos de mi novela), a CHOLY TOMBOLINI (que pidió “un aplauso para el artista” cuando llevábamos sus restos mortales al cementerio de Miramar) y, sobre todo, a CHIQUITA ACHA (madre de nuestro inolvidable Jorge).
2. Nuestro agradecimiento a FERNANDO BISCIOTTI, presidente del Honorable Concejo Deliberante, a las autoridades municipales y al público presente.
3. Y un reconocimiento muy especial para DANIEL CHOCLIN, sin cuya lealtad y sapiencia tecnológica nada pero nada de todo esto habría sido posible.
4. Anuncio públicamente el lanzamiento de la página web de Jorge, desde su cuna natal: http://www.jorgeluisacha.wordpress.com
5. Recordamos, también, a VILMA BRUGUERAS y a DON SEGUNDO ACHA, fieles historiadores de nuestra ciudad, y aprovechamos para aclarar un viejo malentendido sobre cuál fue “el primer libro impreso en Miramar”. Y bien, no fue mi poemario “Amar el mar”, con collages de Jorge, sino “Balneario”, libro de cuentos de Jorge Yebra. Sea Justicia.
6. “Uno es los amigos que merece”, dijo Leonardo Favio.
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Gustavo Bernstein

D) Gustavo Bernstein, compilador y editor de los “Escritos póstumos” de Jorge Acha).Buenas noches. Ante todo quiero hacer una aclaración: yo no fui amigo de Jorge Acha. Acha fue mi maestro. Mi maestro en el más amplio sentido de la palabra, en sentido griego, si se quiere, o zen. Guardo hacia él un enorme afecto y una profunda gratitud. Y no voy a negar que ese ha sido el móvil que me ha llevado a abordar su trabajo literario. Sin embargo, nada de eso me condiciona a la hora de examinar críticamente su obra o su labor docente. Por el contrario, uno suele ser más crítico ante aquellos a quienes los une un vínculo afectivo que ante quienes le resultan indiferentes. Si soy o he sido elogioso o incluso apologético de su labor, se debe a una estricta convicción.Además de escritor, Jorge Acha fue un hombre polifacético, dotado de múltiples talentos. Sobre cada una de esas facetas, les aseguro, se podrían escribir extensos tratados. No es la intención esta noche, pero antes de entrar específicamente en sus Escritos Póstumos, quisiera brevemente, ponerlos en el contexto del hombre y artista que los perpetró.El educador.Una de esas facetas fue la del educador. Muchos de los que estamos acá fuimos sus alumnos y nos sentimos honrados al considerarnos sus discípulos. No obstante, ninguno de nosotros siguió su línea. Tal vez sea esa la prueba más contundente de que fue un maestro excepcional. Cada uno, como él hubiera querido, fugó hacia sí mismo. Y eso es así porque su método triunfó, porque fue capaz de dar las pautas justas para que cada uno indagara en su propia identidad.Más que un puñado de conocimientos técnicos o de saberes, Acha transmitía en todo caso una pasión por indagar en el saber, y sobre todo por encausar esa búsqueda hacia una íntima vocación personal. Lo de taller de pintura, todos sabemos, era una pantalla. Con la excusa de enseñar técnicas pictóricas, había hecho de su casa un ágora, un espacio de reflexión sobre la condición humana y una factoría de ideas. También, una especie de orfanato existencial que albergaba las zozobras emotivas de los concurrentes. Quiero decir: no era sólo un espacio abocado al pensamiento o al conocimiento sino además un espacio colmado de afectividad.Hay algunos que no fueron sus alumnos, pero fueron colegas, amigos, compañeros de ruta o cómplices en algún proyecto. También me animo a decir que en cada uno de ellos, Acha supo dejar su huella. Por lo menos, de los testimonios que he recogido con los años, surge un retrato unánime: Acha tenía un don único para hacer germinar y potenciar lo mejor del otro, para nutrir el patrimonio existencial de todo aquel que perteneciera a su entorno. En suma: para todos aquellos que tenían la oportunidad tratarlo, Acha devenía una persona significativa.Ahora bien, nada de esto garantiza que haya sido, además, un artista genial o un gran artista o un artista talentoso o acaso simplemente un artista. Ser una persona de bien  o –dejando de lado las valoraciones– ser una persona significativa para otros, no garantiza un talento artístico. La historia del arte es prolífica en crápulas talentosos. O al menos, de hombres geniales de conducta personal muy reprobable. En el caso de Acha, podríamos decir que pese a sus loables cualidades humanas, el talento artístico no le fue esquivo. Más bien lo tenía en exceso.El pintor.Quien tenga la oportunidad  de revisar su obra pictórica, por ejemplo, va a descubrir a un acuarelista eximio. De los mejores acuarelistas de todos los tiempos. Sus piezas de grandes formatos –acrílicos, técnicas mixtas o collages- sobresalen por una expresividad plástica notable, pero sus acuarelas son sublimes. Es difícil hallar alguien que haya logrado con la acuarela la intensidad poética de Acha.La acuarela, en general, se halla muy bastardeada: tiende a ser una técnica decorativa, pintoresca, con la que se urden pequeños souvenirs. Se torna fácilmente una artesanía menor muy adecuada para la calle Caminito o para los típicos magazines de la tarde. Incluso los más avezados pintores que la practican, incurren en imágenes plagadas de afectaciones y de efectos apelando a la espontaneidad del derrotero del agua en el papel. Algunos la emplean con maestría pero, inversamente, como una técnica de ilustración, subordinada al dibujo. En Acha no hay nada de eso. Hay una armonía entre el pintor y el agua, en la que ninguno de los dos excede al otro, ninguno somete o desborda al otro.Junto con una capacidad técnica extraordinaria, Acha estaba dotado además de una destreza eximia para capturar atmósferas, logrando que sus paisajes, mediante pinceladas diáfanas y sencillas, se transformaran en un espacio de hondura existencial. Hay que advertir que Acha –si bien no desdeñaba el mote de “pintor-viajero”– no es un documentalista. No se dedica a relevar accidentes geográficos. Sus paisajes recorren el mundo, pero reflejan, más que una topografía, el estado del alma del pintor. Emanan un estado de meditación, de contemplación del universo, en el sentido más religioso, más espiritual del término. Y eso es así, porque en ese medio expresivo afloraba el Acha más introspectivo, el anacoreta, el solitario, el monje, el Acha más poético, el que lograba, mediante la acuarela, exponer un estado del espíritu.El cineasta.Como cineasta, aflora, en cambio, un Acha distinto. En esa disciplina se despierta el Acha político: el indagador social, el pensador acerca del hombre y su medio. Ese hombre, ausente en su pintura (salvo cuando ella es más ilustrativa), irrumpe con enorme vigor y potencia en su cine.Desde los primeros cortos de su adolescencia, se percibe a alguien que emplea al cine no como un recurso narrativo sino como una herramienta de reflexión. En sus últimos largos, el estilo se encuentra mucho más estilizado. Pero desde su primer cine hasta el último, nos hallamos ante la obra de un pensador, ante un cine ensayístico.La excusa puede ser un muchacho con un crucifijo intentando en vano colocarse una camiseta argentina (Nadie culpe a nadie), un hombre torturado en un centro de detención clandestino (Habeas corpus), un grupo de obreros llevando adelante la obra faraónica, insensata e inútil del “Altar de la Patria” (Standard) o dos egregio científicos del positivismo europeo diseccionado a los nativos y su entorno en medio de un vergel natural (Mburucuyá). Y así podría seguirse con cada film. Se verá que en todos los casos, bajo búsquedas estéticas distintas, el eje es el mismo: Acha se interroga sobre la empresa humana y la interacción del hombre con el hombre.El escritor.Muy sintéticamente, lo precedente es aquello que, si bien escasamente, se conocía de Acha hasta ahora. Lo que se desconocía, salvo en su círculo íntimo, eran sus aptitudes literarias, sus cualidades como escritor. Con Raúl García Luna habían escrito a cuatro manos la obra de teatro: Samka Cancha, la cual, pese a permanecer inédita, se representó en el Festival de Teatro de San Pablo y cuya trama indagaba sobre el imaginario americano.También se conocieron parte de sus Apuntes sobre el mar, textos epigramáticos que insertara en los catálogos de la muestras Sur, Mares y Mares y marineros. En ellos aparecen dos innovaciones. Primero, el Acha en primera persona, el Acha que se narra a sí mismo de modo directo, sin mediaciones; ese Acha ausente en su pintura y su cine. Y además aparece ese hombre que además de un espíritu o de un intelecto, posee un cuerpo. Su cuerpo, en estos textos poéticos, se erige en un elemento perceptivo, en fuente de conocimiento del mundo. Emerge el Acha corpóreo, sensorial, gozador del mundo y la naturaleza. ¡Ojo! No es que de rienda suelta a una pulsión corporal, sino que expone un matiz sensorial de su conexión con el mundo, un Acha que aprehende el universo a partir de los sentidos.Quisiera leer algunos  fragmentos porque evocan un momento de felicidad en la vida de Acha y una forma de tener a ese Acha presente con nosotros, ese Acha vagabundo, marinero, navegante, amante del mar.El barco se queja cuando baja al pozo que separa dos olas y suspira cuando sube. Estoy a estribor mirando una mancha oscura: la isla Utila. Pongo mi respiración al compás del movimiento tormentoso, de tal forma que el único punto inestable es la tierra firme. (Golfo de Honduras).Encuentro sobre la cubierta un pez volador ya opaco. Pienso que se le terminó su única oportunidad y lo arrojo con fuerza hacia el cielo para que el azar lo sepulte en el punto justo de su océano. Pero un “fragata” lo toma en el aire y lo engulle. Nada termina, me grazna el pájaro. (Isla Daphne).Los pinzones acabaron con mi reserva de agua dulce para pintar. La acuarela quedó a medio hacer: un plano ocre para la arena y solamente algunas plumas color tierra sombra; pero no me importa, el pájaro completo está posado en mi mano. (Isla Santa Cruz).Un minino pesca en Praia do Forte. Será marinero, porque cuando arroja el sedal lo acompaña con la mirada para dejarla en el horizonte. (Natal).Hasta acá hay un contemplador solitario, veamos cuando sociabiliza.Con Max improvisamos una balsa de maderos encontrados en la resaca y navegamos por Tortuga Bay donde abundan los tiburones. Llevamos las piernas en el agua pero el impulso de capear los temores está mucho más sumergido. (Isla Santa Cruz).Con Gerard nos desnudamos y corremos entre las iguanas marinas a zambullirnos en el mar. ¡Cro-Magnon, Cro-Magnon!, grita el francés, mientras practicamos un salvaje ritual de alaridos, luchas y chapuzones. Un pelícano, aburrido de contemplar nuestra regresión a la prehistoria, vuela a posarse sobre un lujoso catamarán de bandera norteamericana. (Isla San Cristóbal).Por la noche descubro que entre el retrete del Xavier, al bombear el agua, aparecen destellos fosforescentes; son las physophoras hydrostáticas que componen el plancton, pero Katie no lo acepta. Ella dice que es 4 de julio y canta su himno en la oscuridad del WC. (Isla Barrington).Por último, uno que suelo citar a menudo, que es una alegoría perfecta del viaje y acaso de la vida.¡Salud, Keruac! Creo que hice mi haiku; dice así: Soy, en la estela que deja el barco donde estoy. (Isla San Andrés).Escritos Póstumos.Los Escritos Póstumos que presentamos esta noche, claro, son parte de esa estela. Y a eso me voy a referir ahora.Fueron escritos por Acha en los últimos años de su vida, tal vez en los últimos 5, aproximadamente entre el 90 y el 96. Circularon muy poco, apenas en fotocopias entre su entorno más inmediato.Lo primero que denotan es que cada medio expresivo le sirvió a Acha para explorar un matiz diferente de su temperamento. En estos textos permanece el poeta, el pintor, el pensador, pero se suma un matiz ausente que muchos supimos gozar a través de su oralidad: su poder hipnótico como de narrador, su extraordinario don como contador de historias.Los temas son de lo más variados. Las historias transcurren en distintos momentos históricos, en distintas geografías, en distintas culturas y abordan distintas tipologías de conflictos. La decisión fue compilarlas en tres volúmenes por dos factores: El primero es una cuestión crematística –digámoslo sin eufemismos- debida a que, por su longitud, un sólo volumen rondaría las 900 páginas, lo cual sería casi inaccesible al público. Pero también hay una cuestión literaria: al examinar sus textos aparecen tres ejes temáticos muy marcados, que convenía resaltar y que permiten a cada volumen adquirir una entidad, una unidad en sí misma y evitar que se transformen en una simple agrupación de textos.Cada uno de los tres tomos, entonces, tiene como eje entonces una temática singular.Este primer volumen abreva en uno de los temas dilectos del universo de obsesiones achianas: el dilema identitario americano, el conflicto cultural entre la cultura europea y la aborigen, básicamente entre el positivismo cristiano y el animismo indígena, a partir de 1492.El tríptico puede leerse como un itinerario por las diversas estrategias de dominación y resistencia, tanto en la colonización europea del imaginario precolombino como en la apropiación indígena de lo sobrenatural cristiano y/o de la superstición positivista.Incluso permite establecer tres fases.Homo-humus, primera de las piezas en cuestión, cobija los escarceos iniciales en el descubrimiento y reconocimiento del otro en un entorno selvático y exuberante que pareciera aludir a ese espacio edénico, primordial, en el cual lo foráneo irrumpió sobre lo nativo. La excusa es la expedición que a finales del siglo XVIII emprendieron Humboldt y Bonpland, junto a tres indios yaruros por el Orinoco, que quedaría registrada en su libro Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. A partir de ahí, Acha despliega la taxonomía positivista del alemán, que clasifica y cataloga el “nuevo mundo” como un misionero de la avanzada del progreso, y la confronta con la concepción animista del indígena, que entiende que la naturaleza viene dotada de alma y se inscribe en un orden de lo sagrado.Blancos, segunda de las piezas inéditas, se ubica en una instancia intermedia de la relación de fuerzas, con la avanzada del hombre blanco ya instalada en enclaves urbanos en los que ha impuesto su señorío y aparato doctrinal, pero en plena campaña de apoderamiento de vastas regiones aún en manos de la activa resistencia nativa. Ambos bandos ya han padecido usurpaciones recíprocas y hay signos de un progresivo mestizaje, e incluso muchos bienes culturales han trocado de bando; entre ellos, el caballo –elemento clave del relato– que siendo un bien traído a estas tierras por el hombre blanco fue agenciado por el indio como símbolo de su identidad y arma letal de su estrategia guerrillera: el malón. El contexto es el final de la campaña de Roca contra el indio, conocida con el eufemismo de La conquista del desierto– y su clave dramática reside en el terror atávico que ocasionaba en los aborígenes un regimiento de caballos blancos que revestía tintes espectrales y se conociera como “el malón blanco”: Los blancos de Villegas.San Michelín completa el ciclo en el marco de la metrópoli actual, donde los imaginarios enfrentados aparecen ahora fusionados en un mismo espacio vital. La resistencia nativa asume ribetes larvados en los rasgos de San Michelín, “El santo de la gomería”, un inmigrante boliviano, originario de Tiahuanacu, de vida promiscua y violenta, que en sus raptos místicos se cuelga a una cruz y prodiga milagros ante sus devotos, convirtiéndose en una especie de mito popular. Angélica, una antropóloga interesada en los fetiches urbanos, queda sugestionada por el personaje, promoviendo un vínculo poblado de ambigüedades donde confrontan la sombra aborigen de la América oprimida y la claridad triunfante del Iluminismo académico. El texto permite al menos dos lecturas, la plana y la mítica. En una el dúo protagonizará un hecho que la legislación penal tipificaría criminal, pero que para la otra podría operar como una ceremonia sacra. ¿Michelín asesina a Angélica o la ofrenda a los dioses? ¿Estamos ante un psicópata y su víctima o ante un sacerdote y su vestal? ¿Es la historia de una pasión entre dos desquiciados o el destino de dos ungidos que acatan un mandato divino: él, inmolar lo más puro que ama; ella, entregarse en holocausto?Este es muy básicamente el esquema argumental de las tres piezas. Salvo que siendo todo eso aparentemente muy interesante, tampoco es garantía de calidad: abundan los textos programáticos llenos de principios conceptuales o de buenas intenciones que resultan soporíferos.No es este el caso. Acha demuestra que además de pensador y poeta es un narrador dotado de enorme fluidez y versatilidad. Logra en cada una de las piezas, y con distintos recursos formales, una vitalidad expresiva notable. Crea personajes intensos, crea situaciones dramáticas, humorísticas, maneja los tiempos, el suspenso y derrocha sensibilidad para acompañar a sus criaturas por los derroteros ficcionales.Quienes aborden los textos notarán incluso la ductilidad para ahondar con igual profundidad en personajes tan disímiles; por ejemplo, entre una gloria científica como Humboldt y un gomero de La Boca, entre un crítico especialista en La última cena de Da Vinci y un indio yaruro del Orinoco o un baqueano de la Patagonia.Y lo más interesante es –y este es un dato que adrede dejé para el final– que lo hace dentro de un género que se destaca a priori por su rigor, su rigidez y sus limitaciones: el guión cinematográfico. Lo que también da lugar a muchos malentendidos y prejuicios que conviene desterrar.El primero es que los textos no son una hoja de ruta para la confección de un film. Son literatura pura. El hecho de que estén escritos bajo el formato del guión no les quita esa cualidad. El guión es un género más, como otros, con sus normas: la escisión sonoro-visual o el narrador omnisciente, como pautas básicas, si se quiere. Pero también el soneto tiene sus normas y las tiene el haiku, y nadie dudaría de que Quevedo o Basho fueron escritores. E incluso para trazar un paralelo más cercano: también tiene sus normas la dramaturgia teatral y, sin embargo, nadie se atrevería a decir que Shakespeare o Becket u O’Neil o Tenesee Williams no hacen literatura.Que el guión se malemplee o se emplee de modo utilitario, no implica que dentro de sus límites formales no pueda lograrse una escritura capaz de conmover o adquirir una notable expresividad. Y mucho menos es óbice el hecho de que no esté legitimado como género literario por el canon académico, por el comisariado cultural de turno o por el uso y costumbre.Lo que quiero decir, en definitiva, es que estos textos de Acha, dentro de las pautas que rigen el guión, gozan de una vitalidad expresiva impresionante. Y no sólo por sus virtudes en la creación de situaciones dramáticas y personajes, o por el manejo de los tiempos narrativos o por la hondura conceptual que encierran las historias, sino por otro dato elemental y concomitante por el cual se transforman en notables piezas literarias. Y ese dato es que precisamente al leerlos, uno termina tan cautivado por el estilo que se olvida del género.Tal, a mi entender, la base de toda creación literaria: que el estilo eclipse al género al punto de hacérselo olvidar al lector. Esos son los escritores que perduran. Aquellos cuya voz se torna tan singular que cobra preeminencia sobre el género en la cual la inscriben. Lo contrario, convertirse en paradigma de un género, puede ser letal para un escritor. Implica simplemente que se ha transformado en un alumno aplicado, alguien que se atiene y cumple con corrección las normas impuestas.Ocurre que el género es como una especie de cárcel normativa. Y hay dos formas de liberarse. Una es la típica de las vanguardias: romper y crear una estética a partir de sus escombros. Aunque ahí la cárcel sigue vigente. Lo que se hace es componer con sus retazos un sistema nuevo, una nueva normativa, otra cárcel.La otra es lograr un estilo tan vigoroso y tan personal que termine por eclipsar esos barrotes. Eso pasa cuando un autor tiene un tono personal, una voz que se impone sobre cualquier vallado que pueda imponer el género.Eso ocurre con Acha. Su estilo se caracteriza por su amenidad, por una forma de escribir llana, despojada, prescindiendo de engolamiento retórico y de ornamentaciones o de gesticulaciones doctas. Curiosamente, en ese registro tonal hay un eco que evoca al narrador oral que muchos conocimos. No digo que su escritura reproduzca las inflexiones de su oralidad, sino que refleja ese tono acogedor y cómplice que crea la ilusión de estar dialogando con un par. Más aún: esa constancia es precisamente lo que permite aseverar que en la escritura de Acha no hay nada artificioso sino que, por el contrario, es la expresión genuina de un temperamento. Ojalá puedan comprobarlo en sus páginas.

5. Cierre del acto: video de entrevista a Jorge en “Jorge Acha a la intemperie”.

6. Firma de ejemplares de “Cangrejos”.

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G. Bernstein entrega a la madre de Jorge Acha un ejemplar de Escritos Póstumos Vol I

7. Se le entregan al presidente del Concejo Deliberante ejemplares de “Cangrejos” para la biblioteca municipal y copias en DVD de los filmes de Jorge Acha, con la sugerencia de proyectarlas en las escuelas públicas..

Tomas filmadas durante el homenaje:

 .
Notas de amigos:
segovia

Padre Hugo Segovia

 Carta del padre Segovia,
leída en el Concejo Deliberante de Miramar el 10/11/12, al cierre del homenaje local al pintor, cineasta y compañero ausente. 

A los amigos de JORGE LUIS ACHA
Tengo el agrado de dirigirme a ustedes al enterarme del homenaje que rendirán hoy a Jorge Luis Acha.Quiero adherirme al mismo, ya que durante mis años cómo párroco de Miramar (1976-92) pude conocer a este singular exponente de nuestra cultura. Lo conocí a través de su padre, el querido don Segundo, que era un poco como la historia viva de la ciudad, y que me acompañó mucho durante aquellos años. Sobre todo en 1988, cuando se celebró el centenario de la ciudad y pude conocer “Hábeas corpus”, bello y desgarrador testimonio de los años terribles. Tanto me impresionó que años después, lejos ya de Miramar, escribí en “Crónica” un testimonio (se titulaba “Mi deuda con Jorge Acha”). Yo le había dicho a don Segundo que me habría gustado pasar la película en el templo durante la Semana Santa. Era el mejor Vía Crucis que podía encontrar. No tuve ocasión de decírselo a Jorge, pero cuando él murió (en el lugar que había elegido para vivir) sentí la obligación de hacer público aquel propósito. Me regalaron una copia y muchas veces, sobre todo cuando me toca participar poco o mucho de los misterios de la cruz, encuentro ahí motivos para entenderlo mejor. También quiero expresar mi interés en conocer la novela “Cangrejos”, de Raúl García Luna, para que se acreciente mi amor por Miramar. En estos días de dolor y de esperanza ante la partida de ese testigo de la cruz y la luz que fue Leonardo Favio, los saludo con un fuerte abrazo.
Hugo W. Segovia
Para Jorge Acha
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Y no parece casual que justo cuando en Miramar se le va a hacer un homenaje al amigo Jorge Acha, se haya muerto por acá, en Buenos Aires, el gran Leonardo Favio, alguien a que concibió un cine único, tanto como el de Jorge. Tipos así se vuelven imprescindibles. Lo que pasa es que además Jorge era mi amigo y compinche en el cine, cada uno desde su lugar. No sé si Miramar lo ha conocido bien, no sé si él hubiera querido un homenaje, pero sí puedo decir que se merece el recuerdo, la admiración, el afecto. Quienes lo quisimos y admiramos como artista, pintor, director de cine, lo que más deseamos es que estuviese con nosotros y tomar su maravilloso té de la tarde, pero buéh, así es la cosa. El quiso morir, según creo, sobre la arena de su Miramar, cerca de sus padres, de su amigo Choclo y otros que no conocí. También cerca de los que estábamos siempre con él. Me refiero a Tato, a Rauly, a Celeiro, a Gustavo, a sus alumnos y algunos más. Un artista único, Jorge Acha. Con todo mi afecto de amigo, y también el de Cristina Borges y nuestras hijas Viole y Juana, al querido Jorge: saludos a su Miramar.
Yoyi Jorge Diez – Actor

Desde Italia
Matías Marini

No conocí a Jorge Acha en persona. Ni falta que hizo. Al artista se lo conoce por su obra. El Jorge de a pie, en cambio, fue y será un privilegio de sus amigos, de sus familiares y de quienes poblaron su intimidad.
Más bien, aprendí a reconstruirlo. Como añejo vecino de la mítica Avenida Mitre, la adolescencia me regaló tiempo de sobra para adivinar la mirada de Jorge en los ojos de don Segundo, su papá, cada vez que yo cruzaba la calle para joderlo un poco en su taller de cerámicas. La picardía y el temple rápido del artista los deduje de su mamá, doña Chiquita, en una de nuestras desorientadas charlas de vereda. Pero a los trazos viscerales de Jorge los encontré en “Cangrejos”, la novela casi autobiográfica que el coterráneo Raúl García Luna hoy nos hace el favor de regalarnos.
Para mí, fue automático asociar la figura de Jorge con la del inmenso Pier Paolo Pasolini. Al igual que el italiano, nuestro paisano concibió una gramática fílmica propia; fue artista militante, intelectual indómito, desmitificador de doctrinas y sacralizador de epifanías, telúrico, levantisco, sin amarras. El hombre como principio y fin. Su película “Hábeas Corpus” lo resume a gritos (a propósito, bien podría proyectarse en las escuelas secundarias públicas de Miramar; se me hace que vivimos un momento ideal para revisar su aporte).
Parece, además, que Jorge no se andaba con eufemismos. “Para ser un artista, primero hay que vivir como un artista (chistó, clarito, una vez), y si después llega el arte… bienvenido sea”. Pero la cosa no quedó ahí: él fue consecuente con su enunciado. Rara avis, ésta. Mejor vivir un día como león que cien como oveja, dice un proverbio.
Sí, hasta en su temprana extinción Acha me recuerda a Pasolini. Los dos se fueron en el prólogo de sus 50 pirulos (¿acaso la muerte se intimida ante el calendario?; no está dicho que la longevidad represente un mérito). Pero antes de aquel 1996, Jorge se había cuidado bien de aferrarse al celuloide con un gesto que esta noche veremos proyectado, al final de la tertulia que nos convoca. Allí, él mismo explica por qué los videos familiares le producían pánico. Con una mueca, en esa entrevista le hizo pito catalán a la Parca. Se le rió en la mismísma jeta. Y se salvó. Y trascendió. Por eso, en este 66 aniversario de su nacimiento, lo celebramos como si nos estuviese esperando a todos en su eterna butaca del Cine Astral.
Hombre de arte, animal simbólico, Acha se le animó a la tarea más sublime y utópica de todas: darle un cauce al desasosiego de la existencia humana; allí donde hasta la Filosofía desfallece. Una alegoría de lo imposible. Una acuarela sin contornos definitivos.
Con su novela, García Luna nos ofrenda ahora una magistral rencarnación de Jorge. Ahí está todo, y todos. Porque fueron, antes que nada, amigos. Y como le dijo el gaucho Justino Leiva a don Atahualpa Yupanqui, entre sesudas pitadas de cigarro: “Un amigo es uno mismo con otro cuero”.
Sí, señoras y señores: porque ésa es la celebración primera.
Viva Acha.Viva Raúl.

Matías Marini
Turín, Italia,
noviembre 2012.

A Jorge Luis Acha
de Ariel Kupferariel-kupfer

 “Arte es lo que hace la vida más interesante que el arte”
Robert Filliou

Hace treinta años iniciaba mis estudios de arquitectura. Ignorando aún que mi vida estaría destinada al arte, sentí la necesidad de aprender a pintar y decidí buscar un maestro. Una galerista amiga, Mónica de Ática, me recomendó dos artistas a los que visité de inmediato. Uno era Jorge Luis Acha, un hombre menudo que al principio no logré distinguir de sus alumnos dada su jovialidad. Su risa y su capacidad de asombro me maravillaron. Acha vivía en San Telmo, en un pintoresco tipo casa donde empecé a ir una vez por semana a pintar y a compartir esa complicidad que aún extraño. Así fui descubriendo la acuarela y las posibilidades de autonomía que ofrece el arte como forma de vida. Con el tiempo me iría distanciando de la pintura al privilegiar los metales y las piedras en mi obra, pero con Jorge ya habíamos creado una cálida amistad.

Su obra pictórica me fascinó, sus viajes estaban plagados de aventuras y de descubrimientos que iba plasmando en sus acuarelas, de una sutileza singular. Nacido en Miramar, fue siempre fiel al agua. Esa sensibilidad por el paisaje como forma de comprensión de las fuerzas que modelan al mundo, evoca en mí la filosofía estética extremo-oriental. Su último período de acuarelas, con las que ganó el premio Pollock, eran grandes formatos donde mostraba amplificada una ínfima área del fondo del mar, una parcela de apenas unos centímetros cuadrados. En vez de achicar el paisaje para que entre en una hoja de papel, que es lo habitual en la acuarela, decidió ampliar el soporte y reducir la zona observable, creando así curiosos paisajes de intimidad.

Pero su obra, que iría conociendo con el tiempo, era mucho más vasta: dibujos, acrílicos, serigrafías, esculturas eróticas, juegos, cajas, escenografías y largometrajes. Hizo varios films que ya pertenecen al repertorio culto del cine argentino. En ellos expresaba inquietudes que no aparecen en sus serenas pinturas. Cuando Acha ganaba con éstas un premio, lo usaba para realizar una película. Y en la última, Mburucuyá, me invitó a hacer el rol de Alexander von Humboldt alegando que dada mi afinidad con el personaje, bastaría con actuar de mí mismo. ¡Qué intuición tuvo y cómo nos divertimos haciéndola!
Su pasión por las crónicas de exploradores lo llevó a interesarse también por la de Américo Vespucio. Hoy en día – me dijo – se cree que Américo fantaseaba en muchas de sus descripciones, como la de la serpiente peluda. Y sin dejarse llevar por esas opiniones, Acha me iba dibujando lo que Vespucio escribió. El resultado no era ninguna víbora imaginaria, sino la evidencia de estar ante la primera descripción existente de un oso hormiguero…

Un día me contó que había asistido a un ritual de pintura zen, donde el pintor, después de concentrarse durante quince largos minutos, mojó el pincel en la tinta y fue pintando de arriba a abajo toda la escena en el papel, el pájaro y el árbol, de un solo gesto, en un solo instante. Esa sensibilidad sin duda lo habitaba. Acha era una especie de sabio taoísta en medio de Buenos Aires, con su particular forma de acompañar los procesos sin jamás oponerse, sin imponer, yendo siempre a favor, como el agua, estimulando la curiosidad, el asombro, el descubrimiento, de una manera simple y fluida, sin esfuerzo, disponible y sonriendo.
Con Jorge todo parecía posible. Cuando más adelante le comenté mi intención de exponer en otro lugar que no sea siempre la galería de arte, por ejemplo en un centro cultural, él me apoyó y me sugirió seriamente una utopía: –y ¿por qué no en el Museo Nacional de Arte Decorativo?  Nos reímos de semejante ocurrencia. Lo curioso es que su idea germinó y dos años después el museo me haría una muestra retrospectiva…

Recuerdo una tarde de acuarela donde él recogió un fondo que yo había desechado y lo transformó, con pocos trazos, en una obra que sigue activa en mi obra. Dibujó en ese paisaje extraño dos hombrecitos con una varita. Era un proyecto que teníamos en común. Cuando me contó que en la Patagonia había visto unas piedras enormes que, lejos de los Andes, se dirigían evidentemente hacia el mar, le propuse ir juntos a instalar una regla en la base de uno de esos monolitos para, con el tiempo, poder medir la velocidad de esas rocas errantes. Y filmarnos en cuadro fijo sentados en el suelo, de espaldas a la cámara, mirando las rocas pasar.

Su calma influencia y lúdico entusiasmo me siguen acompañando.
¡Gracias maestro!
Ariel Kupfer, París, 2013

Colaboración que llegó a nuestra páginaabadR
enviada por Ricardo Abad

04/08/2013

Los felicito por la página.
Tengo y atesoro ese texto de Voltaire acerca de la amistad que me regaló Jorge hace muchísimos años, está escrito con su clara y elegante caligrafía. Creo que es un material que también habla de quien era nuestro amigo.
Adjunto la esquelita que mencionaba. Y una acuarelita medio porno a la cual llamó “Paisaje mental de Ricardito” que actualmente está colgada en mi cuarto.
Un gran abrazo.
Ricardo Abad
IMG_0419 La amistad
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Jorge Acha, el hombre481654_464076860305738_1465936960_n

Por Raúl García Luna

Apenas lo conocí a Jorge Acha supe que “el estilo es el hombre”. Lo supe sin saberlo, digo, porque él estaba muy por delante de mí. Y así sería hasta el fin de su tan corta vida. Fue a verme, sin aviso previo, a mi chalé familiar de Miramar (nuestra cuna natal) y me propuso publicar un libro o “carpeta grande” con poemas míos e ilustraciones suyas. Yo no lo conocía, pero él, a mí, sí. Con un amigo de la secundaria, habíamos visitado a su padre, don Segundo Acha, “el” imprentero local, para pedirle presupuesto por cierto poemario a dos manos, titulado “Nuestro tenue mundo”, que por suerte nunca llegó a imprimirse. Era sensiblero, cursi, mal escrito y peor concebido, porque entre ambos autores había gruesas diferencias de calidad y cantidad, de aptitud y actitud. ¿Cuál de los dos?, eso ya no importa. Lo que importa es que gracias a ese proyecto fallido, obviamente informado por su papá, Jorge se me apersonó con esa aparente mezcla de modestia e inocencia que lo caracterizaba, y me tiró la idea de constituir otro dúo y ejercitar otro intento. “Ni dos poetas ni dos pintores: ‘un’ poeta y ‘un’ pintor”, dijo, y capté entrelíneas la corrección de su perspectiva. Pares pero impares, no iguales, complementarios: ésa era la posibilidad que nos podía reunir y acaso enriquecer artísticamente.

Eso sí: dado que la base de los collages con que luego él ilustraría mis poemas eran mis poemas, se arrogaba el derecho de juzgarlos uno por uno. Fácil, no me fue. Hubo parvas de cartas de ida y vuelta (Jorge ya vivía en Buenos Aires, yo aún en Miramar), y muchas veces tuve que defender esto o aquello, o reescribirlo por completo, o tiralo al cesto. Su mirada aquilina era un facón bajo el poncho, capaz de herir con un inclemente “no me emocionó” y luego cerrar heridas con un amable “pero me gustan tus imágenes, dale, metele pluma”.

El libro, mi primer libro, se llamó “Amar el mar” y en ese 1970 produjo un revuelo local que lo convirtió en “el primer libro editado en Miramar” (error: ya había otro, de cuentos, “Balneario”, de Jorge Yebra) y fue presentado con bombos y platillos, en un hotelazo de la gran flauta, por ilustres veraneantes del campo cultural, tipo don Eiriz Maglione, director de la tan paqueta como vetusta revista “Lira” y mentor de Jorge en Buenos Aires, la pintora Raquel Forner y su marido el escultor, invitados top del Teatro Colón y demasiados jetones del municipio.

Amar el Mar

Según mi inveterado Alzheimer, hasta Ernesto Sábato estaba allí. Lo que sí es seguro, imborrable, es que Jorge y yo estábamos al fondo del patricio salón, de pie contra una pared, a espaldas de todos, viéndolos refocilarse en “su” logro intelectual. También retengo la apartada imagen de mi finado padre, sindicalista gastronómico y peronista él, de inusual traje azul, orgulloso pero tratando de entender por qué toda esa “gente fina” se emocionaba tanto con “las medidas áureas” (sic Maglione) del poemario en cuestión, mientras Jorge y yo nos codeábamos y reíamos en sordina.

Lo cierto es que yo ya no estaba solo: lo tenía a Jorge. Y eso sería así contra viento y marea, a pesar de las diferencias y, más aún, de las semejanzas. Miramarenses los dos, escorpianos ambos, ideologías similares, temperamentos en tándem y humor negro en franco código, lo que nos hermanaba era el disenso, si se entiende. Piedra angular de una pirámide o rancho que, no sin difícultad y hasta cierto punto, construiríamos juntos, pero que a la vez nos sometía a la prueba de crecer codo a codo y co lealtad. ¿Lealtad a qué? ¿Cómo era Jorge antes de firmar “JAcha” en sus acuarelas de madurez, antes de rodar sus insólitas películas, antes de ser ese artista plástico que tanto podía exponer cuadros y/o zapatos de mujer intervenidos con angelitos en Praxis como organizar muestras colectivas de gente común, tipo “Yo amo” (donde expuse marcadores de libros) en pleno corazón de la Recoleta? Esta es la porción vital menos conocida de Jorge, y es ella la que explicaría por qué apenas lo conocí supe, sin saberlo aún, que “el estilo es el hombre”. Vale decir, como diría Leonardo, que “el arte es la extensión de un temperamento”, una aventura única e intransferible, una oportunidad personal de ser y, tal vez, trascender.

Un par de viajes podrían sugerir, en principio, de qué estamos hablando. Con el amigo Lahitte, otro miramarense, nos habíamos largado a Chile en trío y mochila al hombro, rumbo a la Isla de Pascua (que nunca pisamos). Eran los inéditos días de Salvador Allende y, entre Valparaíso y Santiago, quedamos alelados ante los preciosos murales con que los estudiantes de Bellas Artes prefiguraban el advenimiento de su “revolución popular por la vía pacífica”. Y tanto me emocioné que Jorge llegó a reprocharme mi inmadurez a la voz de: “¿Y necesitabas ver esto para volverte ‘socialista’?”. Ese era Jorge: neto y mordaz, intuitivo y desconfiado, nunca “comprar” antes de ver la mercadería. Control de calidad, que le dicen. Después contratamos el achacoso Pipper de un piloto borrachín y, no sin genuino pavor, volamos hasta la isla Robinson Crusoe (otra ideíta de “JAcha”), parte del archipiélago Juan Fernández, unos mil kilómetros Pacífico adentro.

Y, carpa mediante, vivimos de los huevos frescos y las langostas de mar y el vino blanco que los pescadores nos proveían a cambio de que Jorge les dibujara sus casas, mujeres e hijos. Allí contemplamos cañones, cuevas y placas de bronce que, en inglés, dan por cierta la odisea de Crusoe, en realidad llamado sir Alexander Selkirk. Compartir viajes y pesares, dicen, crea fuertes lazos. En poco más de año, Allende estaría muerto y Pinochet en el poder.

En 1973 me casé y Jorge, ni lerdo ni perezoso, se tiró de Buenos Aires a Mar del Plata para ver con quién. Con Angélica haría amistad al instante y ella sería no sólo alumna suya en sus talleres de pintura de San Telmo, sino también su confidente. Puente, tiro por elevación, amoroso nexo, por Angélica supe que Jorge se sintió herido por un cuento mío, “Prescindencia” (mi primer premio literario), en el que un pintor como él resistía los apremios económicos de la dictadura videlista reduciendo el tamaño de sus lienzos, las salidas con amigos, el café, las visitas y hasta su vida afectiva. La pregunta fue: “¿Ese soy yo, Angélica?”. Lo era, para qué negarlo, e imposible convencerlo de que se trataba de un personaje basado en un “otro” imaginario y afín con miles en iguales circunstancias.

Nos enrrostrábamos debilidades como presos que se vigilasen en la misma celda, para no aflojar ante el carcelero de turno y, más aún, para reavivar nuestra mutua confianza en las rebeliones latinoamericanas y el desprecio por la expoliación imperialista. Eso también me lo contagió Jorge, antes de militar yo en la izquierda revolucionaria no guerrillerista de la Facultad de Humanidades marplatense. Sus continuos periplos por Perú, Ecuador, Brasil, el Amazonas y otros sitios con memoria indígena lo fueron modelando como un defensor de lo invisible y compartible, que pintó y filmó y transmitió cuanto pudo. Mi relato “Del decir de don Pedro de Alvarado en su agonía de Indias”, por ejemplo, nació de nuestras lecturas y relecturas de la pasión de Túpac Amaru según Boleslao Lewin, entre otros. Fue el segundo libro que urdimos juntos, sobre el desatino racista y castrense de un conquistador hispano perseguido por fantasmales “moscas de la muerte”, con dibujos en tinta sobre la resistencia autóctona en combates sin tregua ni fin.

Y de más está aclarar que en mi nouvelle “Cangrejos, verano del 76” (dedicada a Jorge), Jorge es Jorge y ningún “otro”, tanto como los demás personajes ostentan sus verdaderos nombres, ideas, lenguaje, mañas, glorias y miasmas. Hay ahí un desopilante capítulo en que el pintor y el narrador de marras (“Seso Flojo”, lo llama Jorge) son arrastrados mar adentro y, por temor al ridículo, prefieren ahogarse antes que pedir socorro. Típicos miramarenses, vale decir, argentinos. ¿Los habrán rescatado?

Otro rescate, anterior a éste, ocurrió en tiempos de la Triple A y al borde del abismo del Proceso exterminador, cuando Jorge ya había rodado “Impasse” y otros cortometrajes, al proponerme escribir un guión a dos manos sobre una revuelta sindical quechua que sucedía en una sola noche. Se tituló “Samka-cancha” (“Cárcel del pueblo”) y lo redactamos en el piso de arriba del almacén miramarense “El As”, de mi abuelo Evasio Luna: una ex sala de música de mi finada abuela violinista Serafina Cámpora (prima del ex presidente peronista, se decía), donde mi Angélica cubrió una mesa de roble con una manta peruana, para que trabajáramos con más inspiración y cebándonos mate con bizcochitos de grasa, recuerdo.

No se llegó a filmar, y lo transformé en una obra teatral que presentamos en un concurso municipal de “la Ciudad Feliz”. No ganamos, pero un miembro del jurado, Gregorio Nachman, director de la prestigiosa Comedia Marplatense, quiso hacerla con su grupo actoral y llevarla en gira a algunos países del Este europeo y varios latinoamericanos. Asistíamos a los ensayos con asombro y unción: nuestro ensueño se volvía carne y hueso, voz, gesto, movimiento y música. Porque los actores, dentro de un escenario circular, eran rodeados por instrumentistas de quenas, sikus y chayas, subrayando en vivo el drama de un capataz nativo tomado como rehén por un “cumpa” coterráneo, para que no le avisara al patrón explotador lo que pasaría apenas amaneciera: “la” rebelión. La obra fue premiada en el II Festival Internacional de Teatro ‘75 de San Pablo, Brasil, con la oferta de Kive Staiff de ponerla en el porteño San Martín. Pero al volver a “la Feliz” para besar a su mujer e hijos, Nachman fue secuestrado y desaparecido por la Triple A, por judío y subversivo (?).

Otro módico intento de intervenir en la lucha anticapitalista fue armar un libro-objeto para una muestra colectiva en Azul, de la provincia bonaerense, mientras medio país caía en la mayor sangría de toda su historia. Jorge lo fabricó en papel maché y mis versos exhortaban a “entrar en un puerto abierto, obrero y popular”. Eramos ingenuos pero coherentes, conscientes pero no cagones. Sí, eso es lo que Jorge era: un valiente. Y solidario hasta decir basta. O mejor, decir más, más, más. Me lo pedía cada vez que yo aflojaba (y viceversa, claro), porque para eso estábamos: para darnos apoyo en las buenas y en las malas, cuando fuera y donde fuese. Sólo hubo un tema del que nunca hablamos, y yo supe respetar ese silencio.

Podría escribir tomos enteros sobre Jorge Acha, sólo registrando pequeñas comuniones de papel barrilete, el té de las cinco, lentejas en remojo para la cena, una pincelada maestra, caminar mucho para paliar kilos y ansiedad, palta pisada en un táper oculto en su morral, reírse de lo pomposo, temer perder a padres muy viejos, naufragar en costas ajenas y despedirse en playa propia. Sí, acaso cientos de minúsculas anécdotas y leves convivencias harían falta para explicar, más allá de lo sabido, lo del estilo y el hombre. Pero, para mí, nada lo resume mejor, ni habla más de su valentía, que lo que me dijo allá lejos y hace tiempo, antes de todo lo aquí tan pobremente expuesto: “Para ser un artista, primero hay que vivir como un artista, y si después llega el arte, bienvenido sea”.

De Justo a tiempo

Supe que la política duele mucho después, cuando (como papá) perdí. Y como los hombres no lloran, derramé pasos de náufrago en costa ajena. Buenos Aires no era mi patria ni San Telmo mi barrio, pero aún podía nadar hasta la isla más cercana: la casa de un viejo amigo. No, ¿por qué molestarlo a Jorge? Quizá estuviera pintando, libre de otros ahogos, y yo sería su ancla. Además me preguntaría por Angélica, obligándome a reestrenar su ausencia.
-Está en Mar del Plata -diría yo-. Fue a visitar a sus padres… y a mamá. Pero vuelve en el tren de la una.
-¿Y vos, por qué no fuiste? –insistiría Jorge.
-No podemos gastar tanto. Además…
Además mamá y mis hermanos recibirían parte de mí en Angélica. Además papá ya no estaba y su fantasma aún encallaba (vivo) en el sargazo de mi memoria. Además yo no quería volver.
Tomé Bolívar hacia el centro.

Comienzo del cuento,
libro Las espinas del deseo,
Alción Editora, 2004.

De Cangrejos, verano del 76

-Che, poeta, ¿vos sabés nadar?
-No. ¿Y vos, pintor de mares?
-Tampoco. Yo creía que vos…
-No jodás. Yo creía que vos.
-¿Y entonces qué hacemos acá? Hace rato que no hago pie.
-Mirá la costa, la gente: parecen hormigas. Y la correntada nos aleja cada vez más. ¿Cómo no avisaste que no sabías?
-¿Y vos?
-Bueno, no discutamos. Es tarde, es agotador. Tragás agua, te arden los ojos. ¿Ves algún bañero?
-No. Ya dije que parecen…
-Che, ¿por qué será que los nacidos acá no sabemos nadar?
-Por eso mismo.
-Razonable. Bueno, estoy decididamente ciego. El salitre siempre me jodió la vista.
-Y pintás marinas…
-Mandá un mensaje, seso flojo. No doy más.
-¿Grito?
¡No! No. Concentrate. Vos podés.
-No digás pavadas, desorejado. Sabés que voluntariamente soy un inválido.
-¿Entonces qué clase de vidente sos?
-Ellos tienen largavistas. ¿Levanto el brazo?
-¡No, no! ¡Qué vergüenza!
-¿Preferís ahogarte?
-Sí. Es decir, no. ¿Qué preguntás, Seso Flojo?
-Entonces, dejame pedir auxilio.
-No, esperá. ¿No te parece que la correntada nos está sacando, digamos?
-¡Qué nos va a estar sacando! Nos interna cada vez más.
-Pero después la corriente pega la vuelta y te saca. Acordate del gallego.
-¿Qué gallego?
-Juan Manuel, aquel que vendía helados y leía a Cortázar.
-No me acuerdo.
-Ah, cierto, vos no estabas. Fue así, mirá: caminábamos de noche por las rocas, atrás del muelle, él, Alberto y la Flaca, Alfredo, Pepe, los Simios, Ladislao y una especie de princesa rusa novia de Ladislao…
-No hinchés, que me hundo.
-Y de repente, Juan Manuel se esfumó, se borró, no se vio más.
-Se fue, punto.
-No: desapareció.
-¿Cómo?
-¿Todavía ves la costa?
-Ahora no me dejés ahogar con la espina. Seguí.
-Lo buscamos por todos lados, a grito pelado, con linternas y con ayuda de los pescadores… y nada. “Se cayó al agua”, dijimos. “Si se cayó ahí, olvídense del heladero, muchachos”, dijo un hombrecito de mirada filosa. “Allá abajo, el remolino traga y arrastra. La única salvación es aguantar la respiración y dejarse llevar”. “Tiene que ser una broma”, dijimos nosotros. “Debe estar esperándonos en el bar, muerto de risa”.
-¿Y estaba?
-No. Y con el auto sport de la princesa rusa…
-¡No me hagás reir, que me voy a pique!
-Recorrimos calles y boliches, revisamos la imprenta y el museo, pero nada. Entonces nos tiramos a la pensión donde paraba y hablamos con la dueña, que cobra más barato que la mamá de Ladislao y tiene mejor carácter. Viuda, llena de gatos y canarios, buena mujer…
-Abreviá, por Dios.
-Nos dejó subir a su pieza y en la escalera nomás supimos lo que había pasado: había pisadas de agua, una camisa acá, el vaquero allá, un zapato, todo chorreando. “¡No prendan la luz!”, gritó Juan Manuel cuando abrí la puerta, sin llave. Los demás esperaron afuera. El gallego encendió un cigarrillo y, por un momento lo distinguí, pálido, desencajado, húmedo.
-Dale, artista. Fin de la anécdota, ¿eh?
-En la oscuridad, me contó su humillación, por qué vendía helados siendo profesor de letras, cómo resbaló en las algas y por qué no nos avisó. Orgulloso, el gallego.
-¿Y por casa, cómo andamos?
-Las olas se lo llevaron mar adentro…
-Igual que a nosotros, ¿no te digo?
-Pero él sabía nadar y captó enseguida que la misma marea que lo apartaba de tierra podía liberarlo en otra parte. Por eso zafó: porque no se opuso a la naturaleza, sino que se adaptó a ella.
-¿Conclusión?
-El mar le dio la vuelta lejísimo, delante de la Chacra, y lo largó en la otra punta del mapa, frente a la ruta costera. Que es lo que en este teorema queríamos demostrar.
-Teorema del absurdo, pintor. ¿No ves cómo estamos?
-Insisto: no veo un pito.
-Y a mí, ¿me ves?
-Borroso.
-Entonces no vas a verme levantar el brazo.
-Por mi madre te lo pido…
-Tarde.
-Mentís.
En un momentito vas a oir el ruido del helicóptero.
-¡Traidor! ¡Qué papelón!
-Pero, ¿qué les pasa allá? Corren para todos lados, pero no se deciden. Deben creer que somos focas.
-Bueno, está bien, se acabó. Antes mantuve la dignidad, ahora me adapto. En estos trances, los humanos siempre gritan. ¿Nos ponemos a tono, poeta?
-Si no puedes derrotar a tu enemigo…
-A la una, a las dos y a las…
-¡Socorro!
¡¡Socorrooo!!

Capítulo 9 de la novela,
Ediciones del Dock 1996 y
Aurelia Rivera Libros 2012.

Prescindencia

Raul garcía Luna

“El artista ha dejado de ser peligroso: ya
no muerde ni blasfema, no atenta contra
las costumbres de los grandes señores,
no amenaza con crear un orden nuevo
en el arte ni en la vida, no se
corta la oreja de un navajazo.”

Fayad Jamís.

Yo era pintor, y era es el tiempo exacto de un verbo realista, no un pentimento. ¿O sí? Detesto gastar mi último lápiz en redactar un mensaje inútil, ya sin olas ni pastos que dibujar, pero no puedo evitarlo. Quiera Dios que antes del fin logre justificar este típico derroche de quienes no alcanzaremos la concisión del olvido o la simple confesión.

Con Aníbal y Dardo, ocasionalmente con Rubén, salíamos de noche a tomar café en el viejo Bar Ramos, que después de Videla cerró, regalándole a La Paz una remisa clientela diurna. Por eso les propuse: “¿Y si nos reunimos en el atelier, muchachos?”. No sólo me disgustaban los precios del café sino también su calidad, y el continuo acecho policial en veredas y bares, pidiendo documentos de identidad sin dar explicaciones.

Por ese entonces, yo acababa de instalar mi atelier en un oscuro caserón de San Telmo que me costó treinta y seis millones de pesos viejos, como si lo hubiera comprado antes del Rodrigazo, y por fin eliminaba mis gastos de alquiler, mudanzas e impuestos ajenos. Aníbal y Dardo, incluso Rubén, me ayudaron a blanquear el salón, para aclararlo un poco. Armé el dormitorio en una húmeda piecita del fondo y usé otra más seca como depósito de mis últimos grandes lienzos.

Los muchachos empezaron a visitarme el mismo día que llegó la impiadosa participación de casamiento de Marina, casamiento al que obviamente no asistí. Estaban enterados, pero corté sus leves comentarios sirviendo el café y refrescándoles la memoria: “Este primer medio kilo lo pongo yo. Después, vamos rotando. Cuando se termina, compra otro y así sucesivamente. ¿Les parece?”. No hubo ni sombra de oposición, y eso me satisfizo y preocupó al mismo tiempo. Nuestra costumbre era discutirlo todo, desde la función social del arte hasta los beneficios de vivir en pareja, si los hubiera. Yo había compartido otro domicilio con Marina, pero eso no duró.

Se aburrieron en pocas semanas. Dijeron necesitar gente, bullicio, confrontación. Se sentían demasiado al margen (sic) y, temiendo ofenderme, me instaron a reiniciar nuestro antiguo nomadismo urbano, a lo que contesté: “No está el horno para bollos, muchachos. Acá estamos bien y además ahorramos plata”. Dardo y Aníbal se miraron. ¿Estaba Rubén? Fueron dejándome poco a poco, como antes Marina, como un sol otoñal en un ocaso de Turner. Mis pinturas de anchas pampas y océanos solitarios, mis premios y becas, no los conmovían. Prescindieron de mí después de lo de Rubén.

Rubén llamó a mi puerta una madrugada lluviosa. Lucía pálido y nervioso, distinto. “¿Me bancás un par de noches? Me buscan, y vos estás limpio”, dijo, sin rastro de alegría en el semblante. Lo recibí a regañadientes, pero sin inquisiciones. No me inmiscuyo en la intimidad ajena. Eso sí, no pude evitar contestarle que mi atelier no era un aguantadero y que a las diez de la mañana recibía alumnos. Hablé con suave firmeza, quizá para ocultar mi legítimo disgusto ante la sola idea de un compromiso extremo, tal vez para sedar la estúpida sensación de riesgo que de pronto me agobiaba.

El país ya era definitivamente de otros, y ellos interpretaban la tolerancia como debilidad o, peor aún, como complicidad. “Bueno, me voy mañana a las nueve”, dijo Rubén. Eludí su mirada y le mostré que sólo había una cama. Mojado y vestido, se echó en las mantas peruanas de Marina, tiradas en el piso de la piecita. Tembloroso, me dio la espalda. En esa posición lo recuerdo: no dormido, quizá rezando. Pero, ¿rezar Rubén?

Si el hombre es el animal capaz de razonar límites, entonces no me arrepiento. Al menos no en la equívoca medida suscripta por Aníbal y Dardo, por Marina incluso. Primero, porque aun no habiendo caído en cualquier redada o acción violenta, si es que cayó, Rubén seguiría exponiéndose alegremente hasta caer, mofándose hasta el fin de mi cordura. Segundo, porque ella se fue sin darme tiempo a tomar una decisión sobre lo nuestro, forzándome a tragarme todo conato de culpa como si yo fuera un Judas al que no hiciera falta condenar porque tendrá su castigo. En cuanto a Aníbal y Dardo, bueno, en aras de la conciencia y la solidaridad siempre encontrarían flaquezas que enrostrarme. Según ellos, Rubén desapareció después de dormir en casa.

Yo sobrellevaba normalmente, si así puede expresarse, el peso de ese desgaste, de esa alienación temeraria que propicia una secuela infecunda: el desperdicio. Estaba harto de víctimas y redentores, de comunicados oficiales y duelos clandestinos, de la palabra miedo escrita en letra chica y Patria con mayúscula. Y también huía de la publicidad, esa bestia amoral y prolija que incita al consumo indiscriminado de unos cigarrillos que ya no fumo o equis cera que hará resplandecer la opaca baldosa en que transcurre nuestra existencia, que yo ya ni barría. Porque, sensibles a semejante avidez, luego no sabemos cómo estar al día con las cuotas del segundo televisor, ni dónde ubicarlo. ¿Quizá al pie de la cama, para que nos provea más falsas certezas y apetencias pueriles? Y para no ver más ese ruin cartel que promovía el silencio como sinónimo de salud, simplemente dejé de pasar frente al Obelisco. El aire de la época me ahogaba, y tiré mi tevé apenas se descompuso. Solo y a mi modo, empecé a definir mi lucha.

Compraba Clarín no por su mayor o menor calidad informativa, sino por su tamaño, cómodo para el micro, ya que nunca tomé taxis. Claro que su única utilidad era la lectura. Obviedad que me inspiró adquirir La Nación, cuyas enormes hojas me permitían envolver la basura ahorrándome el costo de las bolsitas de polietileno. Modesta pero sólida, la piedra angular de mi repliegue táctico estaba echada. Porque ¿cómo denunciar la carestía de la vida sin enfrentarla orgánicamente? Ganar más para gastar más no es combativo, es estúpido. De ahí mi método: reducir el consumo, sin más vueltas. “Avestruz”, me diría Aníbal, y Dardo: “Amarrete”. Entonces yo les recordaría el alza del precio de la leche en Estados Unidos, cuando los productores tuvieron que bajarlo en dos días porque en uno millones de clientes dejaron de consumirla. “Te equivocaste de país”, diría Marina.

Con Viola, la prensa no era precisamente un Larousse Ilustrado, sino más bien un Lerú estirado para guardar las formas, como decían los muchachos. Pero aun sin estar a favor de la censura, a mí me resultaba prudente alguna contención civilizada de los excesos políticos y económicos, e incluso emocionales. “No hay que derramar promesas ni sangre ingenuamente”, rumiaba yo. “Hay que sopesar todo a fondo antes de ponerlo en práctica, ser realistas, admitir las leyes injustas, el desamor, la oferta y la demanda”. “Reaccionario”, me decía Aníbal, y Dardo: “Cagón”. ¿Por qué no imagino la voz de Rubén?

Así que dejé de comprar el diario diariamente, valga la redundancia, y racioné las hojas hasta envolver la basura semanal con sólo La Nación del domingo, gordo de avisos clasificados, revista y suplemento cultural. Hoy no adquiero periódico alguno. Bajé más de quince kilos, así que mis desechos son tan escasos y esporádicos que caben en ese mezquino papel gris con que el fiambrero me envuelve cien gramos de mortadela, que es barata y alimenta, o medio pan de manteca, que ya no como por el acné.

Yo era paisajista, y es sabido cuánto lienzo, pintura y pincel gastamos los paisajistas, por no incluir los viajes para tomar bocetos del natural. Al constante aumento de precio de esas herramientas, yo respondía retrayéndome más y más. “La creación artística puede derrotar la tiranía material, expresándose hasta sin medios físicos”, exclamé una tarde de fervor, cuando Marina telefoneó para anunciarme su inminente divorcio. “O bien renunciar a todo intento, cortarte los dedos, dejarte caer en la nada”, ironizó ella. No tenía derecho a hablarme así. Ex alumna mía, empezaba a ser una buena paisajista cuando quemó sus originales y buscó en otro lo que no supo encontrar en mí, subordinando además su incipiente talento a su evidente belleza. Y ahora era una modelo exitosa y una esposa frustrada, dijo al colgar.

Así que eliminé todo lo superfluo. Ya no más telas ni óleos, sino cartón cortado en pedacitos con mi navaja, ya que no uso máquina de afeitar, y lápices de pasta o crayones, que son baratos y rendidores. No a los Andes colosales o los infinitos lagos del Sur, sí a los barrios villeros y los barcos varados en La Boca. “¿Por qué nunca pintás personas?”, dijo Rubén la mañana aquella, a las nueve en punto. Pero ojo, que no eran miniaturas rupturistas, como publicaron los críticos que hasta entonces habían ensalzado mi obra. Les molestó tener que ponerse anteojos para ver mi propuesta de autoabastecimiento y liberación individual, e igualmente no entendieron. Como será que uno de La Opinión me defendió escribiendo: “El gran artista sorprende con su nueva impronta minimalista, que invita a tomar contacto casi corporal con sus figuritas caseras, devolviéndonos un candor de juguete olvidado, de Paraíso perdido”. Prescindí de ellos.

Asistir a frívolos pero nutricios cocteles de inauguración de muestras o cenar en casa de mis alumnos, muchos de familia acomodada, reducía considerablemente mis gastos. Llegué a agendar las invitaciones por temor a superposiciones o equívocos. Esa gente no hablaba de Galtieri y paladeaba mis relatos de viejos periplos por Machu Pichu, las Galápagos o Nebraska, a donde ellos jamás irían. Eso sí, debía ser cuidadoso en los detalles: a veces, cuando reiteraba alguna anécdota, incurría en el error de condimentarla demasiado. Es usual que un chico reclame los pormenores omitidos en un cuento que conoce, pero incomoda que un adulto le diga a uno: “Eso no lo mencionaste la vez anterior. ¿Viajaste de vuelta?”.

No soy un charlatán ni un aprovechador, insisto en que ellos disfrutaban de mis palabras. Y viene a cuento porque, como era previsible en exitistas ahítos de servicios y ornamentos dilapidados sin pensar en la salud del prójimo, al declinar mi prestigio por falta de exposiciones y críticas alumnos e invitaciones se esfumaron rápidamente, como Rubén, como una luna de Van Gogh en una noche insomne.

Entonces la crisis se llamaba Bignone y el futuro sería lo que es, con o sin Rubén, pero no sin Marina. Porque apenas llamó supe que ella volvería, sin más aviso ni alegría, de un mundo rentable y fallido, como si mi atelier fuera su hogar, su madriguera o su herencia. ¿Qué pretendía esta vez? No le negué un juego de llaves ni sus mantas peruanas ni sus silencios. La dejé barrer y lavar, pintar y romper, circular como un gato, dormir en el suelo como un soldado en Malvinas, ir y venir. “Si vuelven Dardo y Aníbal, Rubén incluso, los voy a recibir como a ella, sin inquisiciones ni condicionamientos”, me decía entonces, perturbado y feliz, acaso vencido.

Ahora es tiempo de elecciones y no sé quién va a ganar. Soy tan inocente como cualquiera de toda corrupción o disgusto. ¿O no? Ya no escucho los agravios de los muchachos, pero secretamente ruego que vuelvan a saborear mi café, a rescatarme, a juzgarme quizá. Viví y dejé vivir, me hice a un lado, acepto ir al nuevo Ramos o La Paz, y sin embargo no estoy a salvo. ¿Se burla Marina de mi aislamiento? ¿Sabe que nadie más va a telefonear? ¿Espera el día en que yo no despierte? ¿Me oye rezar de madrugada, cuando llueve y Rubén no llama a mi puerta? ¿Me ve temblando ante el filo de mi navaja?

“No desapareciste, pero sos menos que un kelper”, susurra alguien cuando duermo, y también: “Pedí perdón o afeitate, hijo de puta”. ¿Es Marina? ¿Soy yo mismo? Mis pesadillas me conducen a un país ajeno a todo desgaste, a toda inmundicia, a todo despilfarro. Paraíso limpio y amnésico donde nada se pierde porque allí la vida, ahora lo entiendo, se parece demasiado a la muerte. Ruin, incoloro abismo a cuyos sucios bordes me aferro mientras Marina, la única persona que puede darme una mano, quiebra mi último lápiz y aplasta mis dedos uno a uno, alegremente.

Cuento de
El filo de la noche,
Atril Ediciones 1999.

julian

Serie ARENAS URBANAS

Julián Martorelli

La Caminata

Daniel Choclin

Daniel Choclin

Daniel Choclin

En los 70′ cuatro amigos decidieron hacer un paseo por la playa desde Mar del Sud hasta Miramar, unos 13 km. Uno de ellos era Jorge Acha y otro era yo. Los otros dos eran Simón, un vecino de Jorge, y Gustavo, mi cuñado. Esta filmación es recuerdo de una época que no volverá.

Pequeño homenaje a mi amigo Jorge Acha.

Jorge Diez

Mirá vos, te has ido por la puerta que da al mar, buscando el mar hasta el último suspiro.

Y arenas, y un junco, y una mancha, y una mano se mueve con desparpajo, segura, ingenua, buceadora, y un niño que me permito imaginar, y un solito, y un mural que me contaron, y un cabello lacio, y un secreto que crece, y un artista que nace, y adolescencia sobre arenas, arenas en las manos, en los pies, en los amigos, arenas, de sol, de mar, de gotas, de risas, de pies, de viajes, de otras aguas, de bosques, de ríos en canoa, de amigos, arenas siempre, arenas de amigos, de ternuras, de niños aupados, de soledad, de contemplación, arenas de libros, de Súper 8 (como se llame), de 16 mm. , de exilios, de dolores, de chupaderos, de corazón sorprendido.

Arenas en Buenos Aires, de óleo, acuarela, acrílico, de saberes, de otros mundos, arenas de calle México, de bicicleta, de costanera sur, de reserva ecológica, de bigotes, de nuevos amigos, siempre, de amigos, de tés en estudio casa atelier, cuarto íntimo, cerrado por arenas, arenas de fotografía, de luces, de afuera y de adentro, de desborde, arenas, siempre, de Gustavos, de Tatos, de Choclos, de Ricardos, de Celeiros, de Raulis, de alumnos, de te quiero, de otros tantos, de Yoyis. Arenas diseminadas, arenas juntas, arenas tristes, arenas de emoción, arenas de cine, arenas de arte, de talento. Arenas y mar de mi amigo, nuestro amigo. Arenas de Jorge Luis Acha.

Yoyi, lo que estoy buscando es un cuerpo con piel más blanca que el tuyo, para que me dé esa sensación de encierro,  ese choque del blanco con la oscuridad del encierro. Algo así fue lo que dijo antes de que se decidiera a otorgarme el honor de participar en Hábeas Corpus. No lo habrá encontrado o fui muy insistente.  Después fueron otras dos películas en las que trabajamos juntos, Standard, Mburucuya (Pasionaria) o Cuadros de naturaleza (creo).

Nos divertimos tanto, aprendí tanto. Ninguna técnica, ninguna bajada de línea, aprendí, no sé si soy claro. Un espíritu libre, aunque no sean esas las palabras que quiero usar, son las que puedo.

Un té, una galletita, observar escuchar cómo se hablan las palomas en ese techito que se inventó. Un abrazo fuerte. Chau Yoyi, chau Acha.  Te quiero, amigo.

Yoyi Diez

Sudacas

Un film de GUSTAVO BERNSTEIN
RICARDO ABAD   GABRIEL AGUT   SERGIO CAGLIERO   ROBERTO ROJAS
cámara  ARIEL CZESLER   sonido  GERMAN PASSINI  
asistencia de edición  NICOLAS FRYD  /  MARIANO PEREZ   
Filmado en 1995 y editado en 1997 – 56′
Sudacas es un subproducto del narcótico. Una noche de alto contenido etílico, embebidos de valor, cuando la omnipotencia ya ganaba los ánimos, sellamos un pacto: emprender la aventura de un film. La voluntad y la fe eran nuestro único capital. Distribuimos roles, asignamos tareas. No había tiempo para elaborar un proyecto. Se iría haciendo, dijimos. Conseguimos una vieja vhs y a los pocos días nos juntamos en una terraza. Ensayamos brevemente una rutina. El film había comenzado. Narraríamos precisamente el proceso de ese grupo. Al día siguiente sumamos una handy y un grabador de entrevistas. No ignorábamos la evidente precariedad de esos medios. Decidimos entonces incorporarla al discurso, convertirla en un condimento esencial del relato. Determinamos, también, un espacio de trabajo. Por razones prácticas -no estéticas- todo el film debía remitirse a los límites de aquella terraza. De esas limitaciones debían surgir las historias. ¿Cuales? Dos. El documental sobre esa rudimentaria empresa humana y la ficción social que encarnarían los actores. Acaso por momentos esas fronteras podían mostrarse imprecisas; fusionándose o sirviéndose de apoyo para unificar el “mensaje”. Una ficción con estética de documental, definimos. Las cámaras se encendían cuando llegábamos y no se detenían hasta irnos. Había un concepto del film. No un guión. Surgían ideas y las improvisábamos. Dos o tres veces intentamos armar una puesta, respetar un libreto. Indefectiblemente fracasamos. Lo que buscábamos surgía de pronto, sin pensarlo, por alguna oscura resolución del azar. Del mismo modo se acabó el rodaje. Por diversas razones, ajenas al proyecto, dejamos de contar con la terraza.
Lo que vino después fue una larga y farragosa carrera de obstáculos, económicos y técnicos, que no viene al caso detallar. Baste con resaltar la inestimable colaboración de algunos amigos. Sudacas es hoy nuestro humilde manifiesto contra la resignación.

De Néstor “Piru” Gabetta

La sed del mar bebió una tarde
su cuerpo silenciado entre las rocas

reloj de arena desmayado
su corazón a la intemperie

no cesa de latir en su belleza.

Néstor Gabetta
Poeta y cantor de tangos
(“Certezas”, “Embelecos” y otros CD)
Septiembre de 2012